El sufrimiento humano del divorcio forzado entre padres e hijos

El propósito de esta página es contrastar las experiencias personales de los presos en los campos nazis con las experiencias de los padres divorciados en España.

Parto del trabajo de Viktor Frankl publicado en su libro El hombre en busca de sentido.

Viktor  Frankl, es un psiquiatra que fue hecho preso y conducido al campo de concentración de Auschwitz, de donde salió vivo. Su doble condición de preso y psiquiatra hace este trabajo único, por lo que aquellos que quieran profundizar en la naturaleza del sufrimiento humano y del sentido de la vida, le aconsejamos este libro.

Alguno puede pensar que son cosas incomparables y desde luego, dependiendo a qué nivel, lo es. El nivel de comparación que hemos buscado ha sido el emocional, y aquí hemos visto algunas referencias sobre las que creo merece la pena reflexionar.

En cursiva es el texto del libro, y en letra normal las de esta web. Los títulos son del libro.

Signos de abandono.

Me decía un compañero de Barcelona, José, que ha creado una organización de padres separados, como veía a los padres acercarse como zombies a su asociación en petición de ayuda, con un espíritu de incredulidad, y muchos, absolutamente abandonados.

En los campos de concentración nazi, los presos recibían vales para que los canjearan por cigarros. La  mayoría los intentaba canjear por comida, pero algunos terminaban canjeándolos por cigarros, y esos eran los que habían perdido la voluntad de vivir y querían "disfrutar" de sus últimos días, significaba que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba. Era la antesala a lanzarse contra la alambrada electrificada con la intención de suicidarse.

En este sentido no podemos cerrar los ojos a la procedencia de los mendigos, por ejemplo de Granada, ni a los suicidios que suelen acompañar a los crímenes, que etiquetan como consecuencia de la violencia machista. Se puede entender un crimen como un acto de “defensa”, contra una amenaza percibida, pero ¡cómo se puede interpretar un suicidio?. ¿Por qué tanto suicidio entre los que matan a sus mujeres?. ¿Cuál es la principal causa de sucidio de policías y de guardia civil?. ¿Qué hay detrás de esos accidentes que con más frecuencia de la deseable, se encuentran sin ningún tipo de explicación?..... Preguntas que no interesa responder.

Los antiguos prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora."

Cuando un preso llegaba en tren al campo de concentración recibía un shock.. Bajo ciertas condiciones el shock, podía incluso preceder a la admisión formal del prisionero en el campo. Todos creían que el tren se encaminaba hacia una fábrica de municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No sabían dónde se encontraban ni si todavía estaban en Silesia o su habían entrado en Polonia.

He recibido más de una llamada, incluido abogados y psicólogos, que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo. Esta es una constante en los casos que vivimos, los que acaban de entrar en esta “via crucis de género”, no pueden explicar a nadie lo que les ocurre, porque no entienden nada. Es cuando nosotros hablamos con ellos medio minuto suelen experimentar un gran alivio emocional, primero muestran sorpresa, piensan que somos sabios o clarividentes, pero lo que más sorprende es la paz que consiguen cuando se enteran de que no están sólos en su sufrimiento, que no son los únicos y que los que les ocurre, no es porque hayan hecho nada malo, sino porque simplemente les ha tocado vivir en un tiempo en el que, de hecho, ser hombre está perseguido penalmente.

El mecanismo de defensa ante una denuncia falsa es el mismo: esto es absurdo, y piensa que enseguida los policías y jueces se darán cuenta. Lo siguiente que se han encontrado muchos, es una propuesta de aceptación de condena, en la que el padre se declara culpable y se le reduce la pena evitando así la cárcel. Algunos reciben esta propuesta con un shock, y en este estado de shock, muchas veces, el abogado de oficio que le ponen, le aconseja que firme, ya que así evitará el riesgo de entrar en prisión. El padre se suele negar, porque sabe de su inocencia, pero muchos terminan cediendo en ese ambiente de presión psicológica a firmar, pensando que es la forma más fácil de salir de esa pesadilla, sin darse cuenta  de que su pesadilla sólo acaba de empezar. Alguna llamada he recibido cuando pasada la urgencia de la situación, piden ayuda de cómo se puede arreglar la situación, y ya no se puede hacer nada, porque esa firma es una auténtica trampa que no admite recurso, y no faltan los abogados que no se hacen cargo del sufrimiento que eso implica para el que firma sin saber bien lo que firma.

Lo cierto es que el mecanismo es perverso como él sólo, y nos llama la atención la figura de ese abogado de oficio que está para servir los intereses de su defendido y termina aconsejando, siempre según nos indican los afectados que nos llaman, sugiriendo que firme la conformidad de condena, como forma de evitar males mayores. Nos hemos enterado de que económicamente es muy rentable para el abogado, pues va a ganar lo mismo que si continúa con el procedimiento, pero invirtiendo mucho menos tiempo, lo que le convierte en un mecanismo de venganza de género, en el que todos ganan, a costa del padre. La madre, que nunca ha de temer, en la práctica, un proceso por denuncia falsa, puede denunciar libremente lo que quiera y obtener una condena por algo que no ha ocurrido, o sobre hechos inocuos que reinterpretados bajo la óptica delirante y paranoica de género se convierten en calificativos perseguibles penalmente, como “vejaciones injustas”, “atentados contra la libertad”, “maltrato psicológico”… etc. De ahí la importancia estratégica de penalizar como delito lo que era una falta. La denuncia falsa aumenta la probabilidad de condena.

Todos ganan, porque con la conformidad se consigua de una forma rápida y barata aumentar la lista de maltratadores, sin que nadie cuestione su culpabilidad: ¡¿quién se atreve a cuestionar la culpabilidad de alguien que así lo confiesa ?!.

Las portezuelas del vagón se abrieron de golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entró alborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza afeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las lenguas europeas imaginables y todos parecían conservar cierto humor, que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como el hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis sentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferró a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez consiga compartir su favorable posición.

Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la "ilusión del indulto", según el cual el condenado a muerte, en el instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán en el último segundo. También nosotros nos agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último momento creímos que no todo sería tan malo.

Una fila de hombres y otra de mujeres. Un hombre frente al que desfilaban ... Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha.

Por la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo. Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre nuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría de aquella expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la sentencia se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueron enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la estación al crematorio. Dicho edificio, según me contó un prisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en varios idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cada prisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después..., pero gracias a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchos han escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado, la minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad.

Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dónde podrían haber enviado a mi amigo y colega P. Los hombres de las SS parecían casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran amables con nosotros mientras teníamos nuestros relojes de pulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras, para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya todo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro reloj a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún día nos lo devolverían con creces.

Esa amabilidad, la podréis encontrar en los casos de género. Un secretario, un fiscal, un juez …. ajenos a lo que estás viviendo, te tratan con amabilidad, y luego ves cómo piden tu condena, casi de forma automática, hasta el punto de que te preguntas, y por qué no ponen un loro que pida la condena si es hombre y la absolución si es mujer la procesada. El juez que jura y perjura que va a velar por tus derechos, incluso el de autodefensa, y lo hace tantas veces que te hace dudar sobre la intencionalidad real …. Hasta que compruebas que tanta repetición servía sólo para ocultar su verdadera intención.

Además, si te acusan de abusos sexuales de tus hijos, la cosa es más dramática, pues si bien a todos los jueces, abogados y fiscales, les “forman” (eufemismo de adoctrinamiento) en violencia de género, nada les dicen sobre la chapuza de una prueba que utilizarán para condenarte: el CBCA-SVA. Técnica chapuza, que además, se realiza sin garantía alguna. Esto es así hasta el punto de que sólo en esta web encontrarás toda la información relevante para que te puedas defender de una falsa acusación. A pesar de ser todo cierto, y demostrable, el fundamentalismo de género, y el adoctrinamiento, ocultan esas verdades. Tampoco dicen nada de la perversión y de la falta de garantías que supone los procedimientos que se suelen seguir, en la práctica, en cuestiones de abusos sexuales a los hijos, que suelen denunciarse en los procesos de divorcio, y que en su mayoría, son falsas. Pero esas personas tan amables, terminan condenándote por algo que no has hecho, y muchas veces, ayudado por la ignorancia de tu abogado, en cuestiones de credibilidad del testimonio. ¿Qué tu abogado es un experto en credibilidad del testimonio?. Lee esta web, y cuando hayas aprendido alguna cosilla, examínale. Si sabe de qué hablas, estarás en un caso excepcional. La psicología forense se convierte en una trampa mortal. Es como la puerta del baño, que cuando la atravieses, dejas de ser quien eres. Es la entrada a una muerte psicológica. Te marcan un antes y un después. Ojo con esto del CBCA-SVA.

Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente todo, se lo llevarían.

Aquí te dejan sin casa, sin coche, sin dinero, sin hijos, pero eso sí conservas gastos fijos, hipoteca, y en la puñetera calle. Es lo habitual. Muchos, la mayoría, acaban viviendo en casa de papá y mamá, con sus cuarenta o cincuenta años.

Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior.

Nuestra única posesión: la existencia desnuda

Las primeras reacciones

Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente, muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fueran nuestras vidas tan ridículamente desnudas.

Una fría curiosidad era lo que predominaba incluso en Auschwitz, algo que separaba la mente de todo lo que la rodeaba y la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad. Al llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como medida de protección. Estábamos ansiosos por saber lo que sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.

 Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa de que no "me lanzaría contra la alambrada". Esta era la frase que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Esta decisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil de tomar en Auschwitz.

En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía la muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas perdían para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el acto de suicidarse.

Fue Lessing quien dijo en una ocasión: "Hay cosas que deben haceros perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna razón que perder." Ante una situación anormal, la reacción anormal constituye una conducta normal. Aún nosotros, los psiquiatras, esperamos que los recursos de un hombre ante una situación anormal, como la de estar internado en un asilo, sean anormales en proporción a su grado de normalidad. La reacción de un hombre tras su internamiento en un campo de concentración representa igualmente un estado de ánimo anormal, pero juzgada objetivamente es normal y, como más tarde demostraré, una reacción típica dadas las circunstancias.

¿Quien puede asegurar que parte de las mujeres que mueren a manos de sus parejas, no es más que la respuesta desesperda de alguien que nada tiene que perder, ya que su vida carece de valor, consumando un suicidio después de ese asesinato?. ¿Quién puede justificar de forma racional que eso no es así en algún caso?. 

Apatía.

Las reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos días. El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una fase de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte emocional. Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero recién llegado experimentaba las torturas de otras emociones más dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia. Seguía después la repugnancia que le producía toda la fealdad que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.

Aquí hemos llegado a una de las cuestiones claves. Tendemos a pensar que los peligros vienen de fuera. Si pensamos en el peligro de que a nuestros hijos les pase algo, no pensamos en la familia, ni en el vecino, ni en el amigo, pensamos en alguien de fuera. Los prisioneros de Auschwitz estaban ahí porque alguien de fuera de su familia les había metido ahí, y conservaban el entorno psicológico de su familia como refugio ….. pero ¡¿que le queda a ese padre que ha sido denunciado en falso por su querida ex - mujer, y el hijo, con el lavado de cerebro que la madre le ha inferido, acusa al padre de haberlo hecho, testimonio que luego es confirmado por un psicólogo que pasa la prueba del CBCA – SVA, vulnerando cualquier garantía procesal de las que dicen se respetan?!. ¡¡¿Qué le queda?!!. ¡¡¿En qué piensa mientras cumple la condena?!!. El sabe, porque lo sabe, que todo es falso, pero, siendo falso, ¿Cómo es que su propio hijo le acusa?. ¿Qué puede pensar de su hijo?.

Hipólita, una madre al borde de la locura, me dijo una vez que su hijo de unos trece años, le dijo: Mamá, se que cuando íbamos a la playa, de pequeño, abusabas sexualmente de mí, pero no recuerdo nada. ¿Cómo hacías eso?.

Creo sinceramente, que tal grado de crueldad, todavía no ha sido superado por el ser humano, y lo tenemos aquí en nuestro país, en España. Además, estas verdades son negadas por el delegado de gobierno para la lucha contra la violencia de género. ¿Quién de los dos faltará a la verdad?. El o yo.

Los que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran cosas tan comunes para tras unas pocas semanas en el campo que no le conmovían en absoluto.

Es tan normal ya que se condene a inocentes en este país, que ya nadie hace nada cuando se denuncia en falso ….. total, que más si la verdad es la verdad judicial y esta no se puede contradecir…..

Lo que hace daño.

La apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada eran los síntomas que se manifestaban en la segunda etapa de las reacciones psicológicas del prisionero y lo que, eventualmente, le hacían insensible a los golpes diarios, casi continuos. Gracias a esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un caparazón protector muy necesario. Los golpes se producían a la mínima provocación y algunas veces sin razón alguna. Por ejemplo: el pan se repartía en el lugar donde trabajábamos y teníamos que ponernos en fila para obtenerlo. En una ocasión, el que estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado y esta mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo no sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba por la mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes golpes en la cabeza.

Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado había un guardia y que estaba usando su vara. En tales momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere (y esto se aplica tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello.

Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla.

No es el dolor físico lo que más duele … es la agonía mental causada por la injusticia, por lo irracional lo que más daño hace. Eso lo dice un preso de los campos de concentración nazi.

Quiero llamar la atención en la irracionalidad y a la falta de motivación, porque nuestros jueces hacen un uso, que yo considero muy frecuente, de la irracionalidad y falta de motivación para dictar muchas de sus sentencias y condenas, porque dictar una sentencia irracional, es una forma, muy impune,  de condenar a un inocente sin causa alguna que lo justifique. Es como lo de ser médico: tienes licencia para matar. Un juez, puede lesionar derechos fundamentales, acudiendo a la irracionalidad, sin temor alguno. Meter a un inocente en la cárcel se hace con toda impunidad. El juez no tiene nada que temer.

La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un mecanismo necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba y todos nuestros esfuerzos y todas nuestras emociones se centraban en una tarea: la conservación de nuestras vidas y la de otros compañeros. Era típico oír a los prisioneros, cuando al atardecer los conducían como rebaños de vuelta al campo desde sus lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: "Bueno, ya pasó el día."

 La huida hacia el interior.

A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los de naturaleza más robusta.

Cuando todo se ha perdido

La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: "Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita."

Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte". (Cantar de los Cantares, 8,6.)

Hablarle de amor a un padre separado y encarcelado por denuncia falsa de su ex- ... puede resultar hasta macabro, si se piensa que “gracias” a ese ser querido, tan perverso como querido, es por lo que te encuentras en esa situación de despojo humano …. O sea, que al padre divorciado carece de un recurso que sí tenía el prisionero del campo de concentración.

Respecto de los hijos que te han acusado en falso de haber abusado sexualmente de ellos, o que te odia gracias al lavado de cerebro que sufre, debéis de ser generosos, y se que es difícil. No son ellos, son unas víctimas como vosotros, y por desgracia pagarán cara su desgracia. ¿Se arreglarán las cosas con el tiempo?. Esa es una esperanza que todos los que sufren el problema de la Alienación Parental tienen, y por desgracia no puedo confirmarlo ni desmentirlo. Por lo que se hay de todo. Este es un caso curioso:

El humor en el campo

El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de concentración ha de sorprender bastante al profano en estas cosas, pero aún se sentiría mucho más sorprendido al saber que también había cierto sentido del humor; claro está, en su expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos o unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la existencia humana, el humor puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque no sea más que por unos segundos.

La mayoría de los prisioneros sufrían de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos habían creído alguna vez que éran "alguien" o al menos lo habían imaginado. Pero en el campo de concentración les trataban como si no fuéran nadie, como si no existiéran.

La conciencia del amor propio está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por no hablar de los prisioneros, lo poseen?.

Sin mencionarlo, lo cierto es que el prisionero medio se sentía terriblemente degradado. Esto se hacía obvio al observar el contraste que ofrecía la singular estructura sociológica del campo. Los prisioneros más "prominentes", los "capos", los cocineros, los intendentes, los policías del campo no se sentían, por lo general, degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de los prisioneros, sino que al contrario se consideraban ¡promovidos! Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de grandeza. La reacción mental de la mayoría, envidiosa y quejosa, hacia esta minoría favorecida se ponía de manifiesto de muchas maneras, a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez oí a un prisionero hablarle a otro sobre un "Capo" y decirle: "¡Figúrate! Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un gran banco. Ahora, el cargo de "capo" se le ha subido a la cabeza.

La libertad interior

Podemos contestar a todas estas preguntas en base a la experiencia y también con arreglo a los principios. Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos, los cuales prueban que puede vencerse la apatía, eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.

Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.

Y allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico.

Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede conservar su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión: "Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos" y estas palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.

Al relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en señalar que la influencia más deprimente de todas era que el recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento. Nadie le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro campo ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la duración no era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado investigador psicológico manifestó en cierta ocasión que la vida en un campo de concentración podría denominarse "existencia provisional". Nosotros completaríamos la definición diciendo que es "una existencia provisional cuya duración se desconoce".

El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus horrores haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad entrañaba ciertos riesgos.

Resultaba fácil desentenderse de las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas oportunidades existían de verdad. Ese ver nuestra "existencia provisional" como algo irreal constituía un factor importante en el hecho de que los prisioneros perdieran su dominio de la vida; en cierto sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban que muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. En vez de aceptar las dificultades del campo como una manera de probar su fuerza interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para estas personas la vida no tiene ningún sentido.

Deberían medir mejor los fundamentalista de género, lo que están generando. Algunos, pierden los estribos, y terminan incrementando la siniestra lista de víctimas, que tanto cacarean quieren disminuir. Lo único cierto es que con la ley de violencia de género, se puede discutir si ha aumentado significativamente o no, pero lo que nadie se atreve a insunuar es que haya bajado. Esta ley sólo sirve como instrumento de venganza, y deja en muy mal lugar al estado social de derecho del que tanto nos gusta presumir.

Spinoza, educador

Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica que el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia o los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de conferirle una fortaleza interior, señalándole una meta futura hacia la que poder volverse. De forma instintiva, algunos prisioneros trataban de encontrar una meta propia. El hombre tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro: sub specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los momentos más difíciles de su existencia, aun cuando a veces tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a mí respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres los kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo.

El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla general, éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos síntomas eran familiares al recluso con experiencia en el campo. Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada.

¿Cuántos suicidios están induciendo nuestros dirigentes fundamentalistas de género?

Una vez presencié una dramática demostración del estrecho nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final. F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante famoso, me confió un día:

"Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo único que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí!

Quería saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y cuándo tocarían a su fin nuestros sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo usted ese sueño?", le pregunté.

"En febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a principios de marzo.

"¿Y qué le contestó la voz?"

Furtivamente me susurró:

"El treinta de marzo."

Cuando F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la evolución de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían suponer la probabilidad de que nos liberaran en la fecha prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en un estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo falleció. Según todas las apariencias murió de tifus.

Lázaro, es un padre que no puede ver a sus hijos. Ya ha tenido tres infartos, el último mientras leía el libro. Los médicos le dicen, cobardemente, que o se olvida de sus líos o muere. Lo cierto es que me acaba de decir que los médicos no se explican cómo sigue vivo. Está viviendo un tiempo graciable de descuento. Es un padre que no puede ver a sus hijos, por las cosas del lavado de cerebro y la actuación judicial. Digo lo de cobardemente, porque no son capaces de poner lo que saben por escrito para poder pedir una indemnización al estado por su crimen de género. Esta cobardía contrasta mucho con la “ligereza” de los psicólogos de género que, obviando lo que dice el DSM-IV, certifican que una mujer sufre estrés postraumático, sólo porque describen unos síntomas compatibles con esa patología, y lo diagnostican,  ignorando la posibilidad de que sea simulado, o con los que usando el CBCA-SVA se atreven a dar una opinión sin advertir al juez de lo chapuza de la prueba. Los abogados de género lo saben, y aprovechan la ignorancia de sus compañeros, del juez y del fiscal, para conseguir que otro inocente entre en prisión …. al fin y al cabo, ningún inocente que entre en prisión, representa amenaza alguna para nadie.

Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta de ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente pierde la esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron finalmente realidad.

Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración alimenticia, ni en un cambió climatológico, ni en el brote de nuevas epidemias. Se trataba simplemente de que la mayoría de los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento.

Como ya dijimos antes, cualquier intento de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las condiciones de un campo de concentración pasa antes que nada por el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible como de su existencia. Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que solía dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de animarle, era: "Ya no espero nada de la vida." ¿Qué respuesta podemos dar a estas palabras?

Una psicóloga de la Comunidad de Madrid, que no ve a sus hijas desde hace años, por cuestiones de Alienación Parental, me ha confesado que lo que le mantiene en este mundo es la creencia de que un día sus hijas sabrían entender lo ocurrido y volvería a restablecer una relación con ellas. Confieso que cuando me hizo esta confesión quise morirme y desaparecer, pues fue su respuesta al comentario que le hice en el sentido de que se olvidara de que eso fuese así, porque eso dependía de factores incontrolables, y que no se puede asegurar nada al respecto. Afortunadamente todavía no se ha suicidado, y espero que no lo haga, pues no se como me sentiría si recibo esa noticia. Afortunadamente no hay amigo en común, y si ocurre confío en no enterarme.

La pregunta por el sentido de la vida

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y* después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el significado de la vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos. "Vida" no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino.

Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al problema que la situación plantea.

Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga.

En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso. Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más amplios, como son los de la vida y la muerte y por este sentido es por el que luchábamos.

Sufrimiento como prestación

Una vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento, nos negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en una tarea a realizar y no queríamos volverle la espalda. Habíamos aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaban en él, oportunidades que habían llevado al poeta Rilke a decir: "Wie viel ist aufzuleiden" "¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!." Rilke habló de "conseguir mediante el sufrimiento" donde otros hablan de "conseguir por medio del trabajo". Ante nosotros teníamos una buena cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de sufrir. No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces, alguien confesaba avergonzado haber llorado, como aquel compañero que respondió a mi pregunta sobre cómo había vencido el edema, confesando: "Lo he expulsado de mi cuerpo a base de lágrimas."

 Algo nos espera

Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que podría definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la psicohigiene, tanto individual como colectivamente.

Los esbozos de psicoterapia individual solían ser del tipo del "procedimiento para salvar la vida". Dichas acciones se emprendían por regla general con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy estricta prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a salvar a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se prohibía cortar la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por consiguiente, era de suma importancia impedir que se llegara a tales extremos.

Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí mucha similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus intenciones de suicidarse basando su decisión en el argumento típico de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se trataba por lo tanto de hacerles comprender que la vida todavía esperaba algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él adoraba y que estaba esperándole en el extranjero. En el otro caso no era una persona la que le esperaba, sino una cosa, ¡ su obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una colección de libros que debía concluir. Nadie más que él podía realizar su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca reemplazar al padre en el afecto del hijo.

La unicidad y la resolución que diferencian a cada individuo y confieren un significado a su existencia tienen su incidencia en la actividad creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad que el hombre asume ante su existencia.

El hombre que se hace consciente de su responsabilidad ante el ser humano que le espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá nunca tirar su vida por la borda.

Conoce el "porqué" de su existencia y podrá soportar casi cualquier "cómo".

Una palabra a tiempo

Había sido un día muy malo. A la hora de la formación se había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces en adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por consiguiente, punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían nimiedades como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas (para utilizarlas como vendajes para los tobillos) y robos mínimos.

Was du erlebt, kann keine Macht der Welt dir rauben, ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido.”

Psicología de los guardias del campamento

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo es posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas. En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la selección positiva de los sádicos.

Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera. Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al desdichado prisionero.

En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico, pero no impedían que otros las realizaran.

En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente al comandante del campo del que fui liberado. Después de la liberación —y sólo el médico del campo, que también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha— me enteré de que dicho comandante había comprado en la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables. Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.

El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano contra ninguno de nosotros.

Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen que se les condene. Los límites entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata a sus propios compañeros merece condenación y desprecio en grado sumo.

Obviamente, los prisioneros veían en estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba especialmente, mientras que se sentían profundamente conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo" humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.

De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la "raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar, entre los guardias, a alguna persona decente.

La vida en un campo de concentración abría de par en par el alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración.

Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

Tercera fase: En libertad.

Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los prisioneros liberados podría denominarse "despersonalización". Todo parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos creer que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos habían  engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el día de la liberación, con que nos habían liberado ya, habíamos vuelto a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos habíamos sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que habíamos pasado, incluso que muy a menudo habíamos contemplado, en nuestros sueños, el día de nuestra liberación.

Y entonces un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal de levantarnos— y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el sueño se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad en él?

No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día, en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano.

El desahogo

El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los últimos días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la paz mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error pensar que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre también peligro después de la liberación, sobre todo habiendo cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de vista de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan en cámaras de sumersión correría peligro si, de repente, abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda presión atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado  epentinamente de la presión espiritual puede sufrir daño en su salud psíquica.

Durante esta fase psicológica se observaba que las personas de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el campo. Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo único que había cambiado para ellos era que en vez de ser oprimidos eran opresores. Se convirtieron en instigadores y no objetores, de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta en sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de manifiesto en situaciones aparentemente inofensivas. En una ocasión paseaba yo con un amigo camino del campo de concentración, cuando de pronto llegamos a un sembrado de espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero él me agarró del brazo y me arrastró hacia el sembrado. Yo balbucí algo referente a no tronchar las tiernas espigas. Se enfadó mucho conmigo, me lanzó una mirada airada y me gritó:

"¡No me digas! ¿No nos han quitado bastante ellos a nosotros? Mi mujer y mi hijo han muerto en la cámara de gas —por no mencionar las demás cosas— y tú me vas a prohibir que tronche unas pocas espigas de trigo?"

La justicia es lenta, ineficaz, arbitraria, incoherente, discriminatoria con los acusados,
abusiva, en el uso de la prisión preventiva y depositaria de un poder excesivo.
Demoscopia 1995. El País

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