Un grupo de jueces y magistrados visitaron el centro integral pionero en recuperación de mujeres víctimas de malos tratos, en un intento de aproximarse a la realidad de esta lacra.
«¿Tengo que estar muerta para que me crean? Me dio once
puñaladas, me operaron a vida o muerte, pero los jueces sólo aceptaron como
válida una paliza, porque tenía un testigo. El resto, nada, porque era mi
palabra contra la de él. ¿Qué hay que hacer para que nos crean? ¿Estar
muerta?». La voz de esta mujer, pidiendo respuestas a la treintena de jueces
titulares de diferentes puntos del país que el lunes visitaron el Centro de
Atención, Recuperación y Reinserción para Mujeres Maltratadas (CARRMM) que
dirige Ana María Pérez del Campo, llenó un salón de actos ocupado, a partes
iguales, por el silencio de sus señorías y por el miedo, el dolor y la
indignación de las víctimas.
Desde 1998, el CARRMM recibe estas visitas de representantes de la
judicatura, dentro de los cursos que el Consejo General del Poder Judicial
(CGPJ) organiza a través de su servicio de formación continuada.
En un encuentro como el celebrado el lunes fue donde
brotó la semilla del libro que luego publicó
Raimunda Peñafort, titular del Juzgado número 1 de Violencia sobre la Mujer
de Madrid, donde, bajo el título de Una juez frente al maltrato, trata de de
dar respuesta a los interrogantes de las víctimas, esos que, por
impactantes, dejan mudos, incapaces de articular palabra, a los togados de
visita al epicentro del dolor.
En una intervención en la que explicó el funcionamiento del centro, el
proceso de recuperación de las víctimas del «terrorismo sexista» -las
mujeres y sus hijos- y los principales escollos con los que se encuentran,
la directora del CARRMM y presidenta de la Federación de Asociaciones de
Mujeres Separadas y Divorciadas, pidió la implicación de los jueces para que
las víctimas puedan completar su reconstrucción: «Algo que no ocurrirá hasta
que haya juicio, hasta que se produzca un reconocimiento social de lo
sufrido».
Para Pérez del Campo, «ver y estar con las supervivientes de la
violencia de género, en un lugar que no sea el estrado del Juzgado, es muy
necesario», refiriéndose a la conveniencia de que se amplíen los encuentros
de los magistrados y las mujeres.
Pero el lunes, quizá el estupor,
el impacto de lo escuchado, dejó sin voz a sus señorías. Una única
intervención, la de la jueza titular del número 2 de Violencia de Barcelona,
hablando de lo ingrato de su tarea y del dolor que le producía lo escuchado,
rompió el silencio para pedir «la ayuda de todos» y expresar su deseo de que
en un futuro «estos Juzgados no sean necesarios».
Ellas, las
víctimas, seguían desgranando preguntas sin respuesta y reclamando una sola
cosa: «Por favor, escuchadnos, a nosotras y a nuestros infiernos. No
necesitáis más ayuda». Piden seguir con vida y que ésta, su vida, sea en
libertad y sin miedo, algo impensable cuando te cruzas con un maltratador.
Al final de la tarde, cuatro juezas lloraban, sumando sus lágrimas a
las de las supervivientes de la violencia doméstica. Lágrimas para abonar la
semilla de una conciencia que sólo brota al encararse con la barbarie.
Un grupo de jueces y magistrados visitaron el centro integral pionero en recuperación de mujeres víctimas de malos tratos, en un intento de aproximarse a la realidad de esta lacra.
«¿Tengo que estar muerta para que me crean? Me dio once
puñaladas, me operaron a vida o muerte, pero los jueces sólo aceptaron como
válida una paliza, porque tenía un testigo. El resto, nada, porque era mi
palabra contra la de él. ¿Qué hay que hacer para que nos crean? ¿Estar
muerta?». La voz de esta mujer, pidiendo respuestas a la treintena de jueces
titulares de diferentes puntos del país que el lunes visitaron el Centro de
Atención, Recuperación y Reinserción para Mujeres Maltratadas (CARRMM) que
dirige Ana María Pérez del Campo, llenó un salón de actos ocupado, a partes
iguales, por el silencio de sus señorías y por el miedo, el dolor y la
indignación de las víctimas.
Desde 1998, el CARRMM recibe estas visitas de representantes de la
judicatura, dentro de los cursos que el Consejo General del Poder Judicial
(CGPJ) organiza a través de su servicio de formación continuada.
En un encuentro como el celebrado el lunes fue donde
brotó la semilla del libro que luego publicó
Raimunda Peñafort, titular del
Juzgado número 1 de Violencia sobre la Mujer de Madrid, donde, bajo el
título de Una juez frente al maltrato, trata de de dar respuesta a los
interrogantes de las víctimas, esos que, por impactantes, dejan mudos,
incapaces de articular palabra, a los togados de visita al epicentro del
dolor.
En una intervención en la que explicó el funcionamiento del centro, el
proceso de recuperación de las víctimas del «terrorismo sexista» -las
mujeres y sus hijos- y los principales escollos con los que se encuentran,
la directora del CARRMM y presidenta de la Federación de Asociaciones de
Mujeres Separadas y Divorciadas, pidió la implicación de los jueces para que
las víctimas puedan completar su reconstrucción: «Algo que no ocurrirá hasta
que haya juicio, hasta que se produzca un reconocimiento social de lo
sufrido».
Para Pérez del Campo, «ver y estar con las supervivientes de la
violencia de género, en un lugar que no sea el estrado del Juzgado, es muy
necesario», refiriéndose a la conveniencia de que se amplíen los encuentros
de los magistrados y las mujeres.
Pero el lunes, quizá el estupor,
el impacto de lo escuchado, dejó sin voz a sus señorías. Una única
intervención, la de la jueza titular del número 2 de Violencia de Barcelona,
hablando de lo ingrato de su tarea y del dolor que le producía lo escuchado,
rompió el silencio para pedir «la ayuda de todos» y expresar su deseo de que
en un futuro «estos Juzgados no sean necesarios».
Ellas, las
víctimas, seguían desgranando preguntas sin respuesta y reclamando una sola
cosa: «Por favor, escuchadnos, a nosotras y a nuestros infiernos. No
necesitáis más ayuda». Piden seguir con vida y que ésta, su vida, sea en
libertad y sin miedo, algo impensable cuando te cruzas con un maltratador.
Al final de la tarde, cuatro juezas lloraban, sumando sus lágrimas a
las de las supervivientes de la violencia doméstica. Lágrimas para abonar la
semilla de una conciencia que sólo brota al encararse con la barbarie.
La justicia es lenta, ineficaz, arbitraria,
incoherente, discriminatoria con los acusados,
abusiva, en el uso de la prisión preventiva y depositaria de un poder
excesivo.
Demoscopia 1995. El País