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La justicia, abierta en canal
La retransmisión en directo por TV de las declaraciones de los absueltos y el juez del caso Outreau conmociona a Francia

"En un momento dado, me dije: 'Quiere mi piel. Este juez, no sé qué le he hecho yo, pero quiere mi piel'"  

LLUÍS URÍA - 12/02/2006
París. Corresponsal

Nuestra vida ha estado en manos de un chaval, es dramático!", exclamó con pesadumbre no exenta de conmiseración Pierre Martel tras escuchar la declaración del juez instructor del caso Outreau, Fabrice Burgaud, ante la comisión de investigación de la Asamblea Nacional francesa que indaga sobre las causas del mayor fiasco judicial de la historia de Francia. Pierre Martel, taxista, es uno de los 14 inocentes que el año 2001 fueron acusados, encarcelados - y buena parte de ellos condenados- por integrar una red de pederastia que nunca existió. Uno de ellos, François Mourmand, chatarrero, de 33 años y padre de siete hijos, murió en prisión, antes del juicio, víctima de un supuesto suicidio que su familia se resiste a admitir. La definitiva absolución de todos ellos - siete fueron exonerados en primera instancia en julio del 2004 y los otros seis, el pasado mes de diciembre por el Tribunal de Apelaciones de París- ha abierto un vivo debate en el país y ha puesto dramáticamente en evidencia las graves disfunciones del sistema judicial.

Pierre Martel es uno de los absueltos de Outreau que quiso presenciar el pasado miércoles - no todos tuvieron las ganas o el estómago de hacerlo- la intervención del juez Burgaud ante la comisión. Cinco millones de telespectadores de las cadenas TF1 y France 2 - más un número indeterminado de otros canales de pago- siguieron también desde sus casas la comparecencia del juez retransmitida en directo, al igual que se hizo semanas atrás con el testimonio de los absueltos y sus familiares. El país entero siguió, conmocionado, el 18 de enero los escalofriantes relatos de las víctimas. Y esta semana ha escuchado a su verdugo.

Fabrice Burgaud, 34 años y cara aniñada, compareció ante los diputados pálido y ojeroso, nervioso, inseguro, balbuciente, sobrepasado por la situación. Poco que ver con el juez duro e inflexible que recuerdan las víctimas del caso. Y durante casi siete horas intentó explicar lo inexplicable. No pidió perdón, pero por primera vez manifestó compasión: "Hoy, quizá más que cualquier otro, puedo sentir su sufrimiento, imaginarme lo que han vivido, el encarcelamiento, la separación, la separación de sus seres queridos, de sus hijos, su honestidad puesta en cuestión...".

Una humanidad que nunca demostró durante la instrucción del sumario.

"En un momento dado, me dije: ´Quiere mi piel. Este juez, no sé qué le he hecho yo, pero quiere mi piel", relató ante la comisión Karine Duchochois, cajera, para explicar la actuación del juez Burgaud. Un testimonio similar al de Thierry Dausque, pintor: "Yo negaba todo y eso no le gustaba. El juez me dijo saliendo del despacho: ´Usted tiene interés en hablar, porque son veinte años, ¡para usted son veinte años!". Todos los testimonios se parecen al enjuiciar el papel del juez instructor, aparentemente decidido a que nadie - y menos que nadie los acusados y sus abogados- le estropearan el guión.

"Sé que esto puede resultar chocante, pero he dicho, y vuelvo a decir, que creo haber efectuado honestamente mi trabajo, sin tomar partido de ningún tipo", dijo el juez Burgaud ante la comisión. ¿Equivocarse él?: "No tengo la pretensión de haber hecho la instrucción perfecta. (...) ¿Qué juez no comete errores de apreciación? Nadie me dijo que iba desencaminado...", se excusó. No lo hizo, desde luego, el fiscal, ni la policía, ni los expertos consultados para verificar los testimonios de cargo. Pero sí lo hizo la defensa, a quien Burgaud - desconfiado- nunca quiso escuchar. "Había un cierto menosprecio en algunos abogados de la defensa hacia el joven juez que yo era", admitió el miércoles.

En efecto, Fabrice Burgaud era muy joven "en la época" - una coletilla recurrente durante su comparecencia- e inexperto. Llevaba apenas cinco meses como juez de instrucción de Boulogne-sur-mer, su primer destino tras salir de la escuela judicial cuando explotó, o hizo explotar él mismo, en sus manos el caso Outreau, en febrero del 2001. Él es el principal responsable, pero ni mucho menos el único, de que a partir de un caso menor de abusos sexuales sobre unos niños en el seno de una familia - por el cual han sido condenados los padres y una pareja amiga- se construyera una monstruosa fabulación que arrastró a la pesadilla a 14 personas. Catorce inocentes detenidos, encarcelados - la mayoría pasaron entre dos y tres años en prisión-, separados de sus hijos, acusados del peor de los crímenes. "No he visto a mis hijos en tres años, mi pareja ha estallado. Se ha violado mi intimidad, se me ha separado de mis hijos, mis hijos están rotos", explicó con lágrimas en los ojos, en una estremecedora intervención, Alain Marécaux, funcionario de justicia, quien días atrás fue ingresado - y dado de alta pocas horas después- por intento de suicidio.

Preguntado por si consideraba haber estado suficientemente preparado en aquel momento para instruir un caso de tal complejidad, el juez Burgaud acabó confesando: "No. Hoy no trabajaría de la misma forma".

"Hemos visto la imagen de la instrucción en Francia, hemos visto la profundidad del problema", subrayó uno de los abogados de los absueltos, Franck Berton, a la salida. Y añadió: "Hay decenas de Jueces Burgaud".



  • El 48 por ciento de los españoles considera que la Administración de Justicia funciona "mal o muy mal"
  • El 30 por ciento considera que "funciona peor que hace dos o tres años"
  • Seis de cada diez ciudadanos considera que la Justicia está anticuada
  • Siete de cada diez consideran que es muy lenta y que las sentencias no se ejecutan con eficacia
  • Un 49 por ciento de la ciudadanía no cree que los tribunales sean imparciales en su actuación
  • El 54 por ciento de los españoles creen que, a la hora de enjuiciar un caso y dictar sentencia, "los jueces no suelen actuar con total independencia"

II Barómetro de la Justicia de la Fundación Wolters Kluwer. El barómetro. En prensa

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