JOSÉ DIAZ
HERRERA
Alcanzado por el dardo invisible de mi mirada, el miembro
de Médicos sin Fronteras, colaborador de radio y televisión,
J. S., sufrió en 2005 uno de los procesos inquisitoriales
más traumáticos de su vida.
Previamente, la voz melodiosa
de una mujer le dijo al teléfono: «Te llamo de la comisaría
de la calle Rubio Gali. Tienes una denuncia por malos
tratos y queremos charlar contigo. ¡Pura formalidad!
¿Puedes pasarte por aquí?». Semanas antes había entrado
en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral
contra la Violencia de Género. Acostumbrado a vivir
el dolor de las guerras que asolan Africa, el médico
se presentó en comisaría a pecho descubierto.
Nada más identificarse, sin leerle
sus derechos ni informarle de qué se le acusaba, un
grupo de agentes procedió a tomarle las huellas dactilares,
a hacerle fotos de frente y de perfil. Luego le colocaron
unas esposas para conducirle a los calabozos.
«Ya que me van a enchironar quiero
que vean esto», planteó mientras entregaba un DVD a
una de las mujeres policías. La agente lo cogió con
desgana y le echó un vistazo. Pero la escena que le
devolvió el ordenador le puso los pelos de punta. Una
mujer, blandiendo un enorme cuchillo de cocina, corría
tras el médico, le acorralaba y le apuñalaba.
La policía reconoció en las imágenes
a la mujer que había puesto la denuncia. Pero no se
conmovió. Si duras fueron las lesiones causadas por
el arma blanca, más dolorosa fue la respuesta que el
presunto acusado escuchó de los labios del agente: «
¡Qué le habrá hecho usted a su mujer para que le clave
un cuchillo!».
Estudioso de la violencia familiar,
J. S. no pudo contenerse: « ¿Insinúa que soy culpable
de que mi mujer haya querido matarme?».
«Una mujer no hace eso si no se le
provoca», contestó la policía.«Es decir, usted juzga
a la gente por sus perjuicios feministas. No admite
que haya mujeres asesinas, malvadas, arpías, dispuestas
a asesinar a su marido para quedarse con sus hijos y
su casa», se defendió él.
Para reafirmar su tesis de hombre
maltratado, J. S. entregó a la agente una treintena
de partes de lesiones de distintos centros de salud
de Madrid. La agente los leyó uno tras otro. Como aquella
situación no figuraba en su protocolo de actuación no
supo qué hacer y elevó el caso a sus superiores.
«Las pruebas están a su favor y es
probable que condenen a su esposa por intento de asesinato
pero yo tengo una denuncia por malos tratos de su mujer.
Esta noche tendrá que dormir en el calabozo», le dijo
el responsable del centro.
J. S. parecía estar viviendo en un
país de locos la peor pesadilla de su vida. Su mujer
había querido matarle, había presentado las pruebas
a la policía, y le «condenaban» a él.
Al final, logró que le dejaran volver
a su casa con la promesa de acudir al día siguiente
al Juzgado. «Se va con el compromiso de encerrarse con
llave. Porque si su mujer se presenta en casa y usted
la mata, quien se juega el pan de los hijos soy yo»,
le ordenó el oficial de policía.
Durante el año largo en que estuve
investigando por los juzgados de toda España mi libro
El Varón Castrado. Verdades y mentiras de la violencia
doméstica en España, que se publica la próxima semana,
tuve acceso a más de 3.000 sumarios judiciales, viví
centenares de situaciones tan o más esperpénticas como
la anterior. Veamos otro caso.
Siete meses antes, M.D., ingeniero
industrial, tuvo una pelea con su esposa en su domicilio
de la calle Menéndez Pelayo de Madrid. Como él no quería
discutir, su mujer le provocó empujándole contra una
cómoda causándole una lesión en la espalda. El varón
reaccionó y le devolvió el golpe.
Poco después la policía se lo llevó
detenido a la comisaría de la calle Huertas. Ella le
había denunciado por malos tratos. Allí le tomaron las
huellas, le quitaron sus objetos personales, incluido
el reloj y los cordones de los zapatos, las medicinas
para combatir un resfriado, sus gafas (tiene 5 dioptrías
en cada ojo) y lo metieron en el calabozo.
Era viernes y los Juzgados de Violencia
estaban cerrados. Al día siguiente lo trasladaron a
la comisaría de Moratalaz donde volvieron a reseñarle.
El lunes lo presentaron en Plaza de Castilla después
de pasar tres días encerrado, alimentado sólo con zumo
y galletas.
Allí se encontró con la primera sorpresa.
El juez negó a su abogado el derecho a representarle
y nombró uno de oficio que, nada más verle, le preguntó
cuánto ganaba. Luego le recomendó que firmara una sentencia
de conformidad: «Así aceptas una condena de 7 meses,
evitas una pena mayor y no te expones a ir a prisión»,
le dijo el letrado.
Después de tres noches sin pegar
ojo, víctima de un principio de neumonía, desorientado,
sin ver un palmo más allá de sus narices, M. D. solo
quería salir del infierno. Esposado, tras un «juicio»
de diez minutos firmó lo que le pusieron delante y acabó
la pesadilla.
Por la tarde, le soltaron, le entregaron
una bolsa de basura y una patrulla le acompañó a recoger
sus objetos personales. La vivienda, regalo de su madre,
le fue adjudicada por el juez a su ex mujer y a sus
dos hijos a los que debía pasar una pensión de 600 euros.
Todo aquello por lo que un hombre
lucha -familia, hijos, hogar, patrimonio- se lo habían
arrebatado en un juicio fotocopia, defendido por un
desconocido.
«Bajo el shock traumático del calabozo,
enfermo, sin asesoramiento, sin prestar declaración
ante el juez, sin que le leyeran la acusación ni ser
escuchado y sin que nadie le explicara las consecuencias
de una sentencia firme e inamovible mi cliente fue condenado
sin juicio», afirma su letrada Patricia Gómez. «El asunto
no tiene parangón en la jurisprudencia de ningún país
civilizado. Es tan grave que clama al cielo».
Hoy la gran tragedia de M. D., similar
a la de otros miles de hombres, es cómo les contará
el día de mañana a sus hijos, que él no es un maltratador,
que nunca pegó a su madre, salvo para defenderse.
REALIDAD INVISIBLE
Escenas como las narradas, propias
de un relato de Kafka, ocurren centenares de veces al
día. Son tan aberrantes que para recrearlas habría que
resucitar al escritor checo, clonarlo un millar de veces,
y poner a todos sus clones a escribir sin descanso.
Y es que en España hay una realidad
invisible que raramente aparece en los medios: la persecución
sistemática del hombre por el mero hecho de serlo, la
violación continua de su derecho a la presunción de
inocencia, su condena sin ser oído y la creencia unánime
de que un alto porcentaje de los varones son maltratadores
genéticos y que hay que darles caza, sin tregua ni cuartel.
Los datos de esta nueva Inquisición
son harto elocuentes. Desde comienzos de 2004, en que
se puso en marcha la orden de protección, más de 250.000
varones han sido sacados por la fuerza de sus casas,
separados de sus familias, desposeídos de sus bienes
en juicios inapelables y muchos enviados a la cárcel
como si se tratara de individuos no reciclables para
la sociedad.
Paralelamente, 190.000 varones, han
sido fichados en el Registro de Maltratadores y más
de 25.000 desterrados en 2005 de su entorno mediante
órdenes de alejamiento, el instrumento más eficaz para
acabar con muchos matrimonios, ya que pueden durar varios
años.
Y es que la Ley de Violencia de Género
es como un revólver. Aniquila a los hombres sin atender
a razones, con la mecánica de las armas. Según el Observatorio
del CGPJ, durante su primer año de vigencia, se detuvo
en España a 150.000 varones (160.000 de acuerdo con
las cifras aportadas en los cursos de Verano de El Escorial),
más de 400 por día.
Una Ley destinada a perseguir al
hombre, a veces sin otra prueba que la denuncia telefónica
de su compañera, no tiene parangón en ningún país europeo.
La medida podría tener justificación si la violencia
familiar fuera superior a la del resto de los países
del entorno. Ocurre lo contrario. España es uno de los
países más pacíficos de Europa. Un informe del Centro
Reina Sofía del 2000 revela que la tasa de uxoricidios
era del 2'44 por millón, cifra por debajo de la cual
sólo estaban Islandia, Irlanda, Holanda y Polonia. El
resto de las naciones civilizadas -Finlandia, Dinamarca,
Suecia, Rumania, Reino Unido, Italia, Alemania o Francia-,
ofrecen cifras de asesinatos de mujeres hasta cinco
veces más altas.
La tendencia a judicializar los conflictos
familiares, dando el mismo tratamiento penal a la violencia
ocasional y a la habitual, prohibiendo la mediación
y el perdón, con ser grave no es lo más pernicioso.
Lo es el hecho de establecer como verdad incuestionable
que las riñas entre parejas tienen siempre un elemento
activo que trata de imponer su autoridad por la fuerza
-el hombre- y otro pasivo, la mujer, víctima ancestral
del dominio del macho.
Un enfoque maniqueo que no se compadece
con la realidad. Así, en 2001 E.R.P. fue detenida en
Barcelona por matar a su primo de 27 puñaladas; C.P.
pasaportó a tiros a Antonio Quintana; E.G.G. despachó
a su compañero a martillazos; M. S. apuñaló 18 veces
a su amante en Valencia; a Restituto Rojo su hija le
cortó el cuello de un tajo y una mujer estranguló a
un paralítico en Valencia. Son sólo algunos de los asesinatos
cometidos por mujeres en el año en el que 35 varones
fueron ultimados.
Sus muertes son silenciadas. Aunque
nadie duda de que el hombre es más violento que la mujer,
la lista de varones asesinados por sus parejas es irrebatible.
Pero como afirma la catedrática de la Politécnica de
París, Elisabeth Badiner, discípula de Simone de Beauvoir,
«nadie las cita; para conseguir leyes protectoras hay
que demostrar que somos víctimas de los hombres».
AGRESIVAS
Erin Pizzey, la
feminista que abrió el primer refugio para maltratadas
en Londres, lo corrobora: «La violencia no es cuestión
de sexo. De las primeras 100 mujeres que entraron en
mi refugio 72 eran más agresivas que sus maridos».
Y es que la Ley
contra la Violencia de Género, manejada por el feminismo
de la reivindicación, es un maquiavélico instrumento
para acelerar las políticas de igualdad entre sexos.
Es cierto que nació con otros fines. Convertida en el
proyecto estrella del Gobierno Zapatero, fue aprobada
en el 2004 con el loable propósito de acabar con los
asesinatos de las mujeres.
Conviene señalar,
no obstante, que no fue la primera norma puesta en vigor
con ese encomiable fin. La aplicación del Código Penal
como medio para frenar los conflictos familiares, comenzó
a esgrimirse a partir de la reforma de 1989 que castiga
la violencia en su artículo 425.
El Código Belloch
(1995), amplió los sujetos y los tipos penales. Imbuido
de la filosofía del palo, el PP, en lugar de agravar
las condenas a los asesinos de mujeres, violadores,
o maltratadores habituales, siguió la senda de meter
a todos los hombres en el mismo saco.
Pese a que un
informe de la Universidad de Zaragoza reveló en el 2000
que sólo el 18% de las mujeres asesinadas habían denunciado
malos tratos, el PP ensanchó las barreras punitivas
para abarcar a mayor número de varones. Legislando con
encuestas manipuladas, a golpe de opinión pública impulsó
los juicios rápidos, estableció la orden de alejamiento
y toda una panoplia de normas, encaminadas a proteger
a uno de los elementos del conflicto.
Tras alcanzar
el poder, al PSOE solo le bastó dar una vuelta de tuerca
para convertir en sospechosa a la mitad de la población.
Actuando como un potente bulldozer, la maquinaria policial
del Estado con una simple denuncia ha detenido a hombres
de 90 años, dementes, drogadictos o mendigos por no
tomarse su medicación; se ha llevado de sus casas a
hombres en calzoncillos y ha interrogado a menores en
el colegio para localizar al padre.
Con una norma
que convierte las faltas más nimias en delitos, no es
extraño que los juzgados estén colapsados por varones
que han dado un tirón de orejas a su mujer porque ella
le quitó el coche, por individuos acusados de beber
de la botella de agua de sus esposas o por parejas que
riñen por el mando del televisor, asuntos todos ellos
de escasa entidad desde el punto de vista del reproche
penal, pero convertidos artificialmente en delitos.
La reforma de la Ley del Divorcio ha enturbiado aún
más el panorama.
El 11 de julio
de 2005, el rumano Julian Grosu se quemó a lo bonzo
hasta morir frente al Parlamento de Bucarest. Tomó la
drástica decisión tras 15 meses de lucha, para que se
cumpliera la Convención de la Haya y los tratados internacionales.
Dos años antes
Grosu se separó de su mujer en su país y los tribunales
le concedieron la guarda y custodia de su hijo. En un
viaje a España, donde residía su ex mujer, fue detenido
y un juez, vulnerando la soberanía de los tribunales
rumanos, le quitó al menor y se lo entregó a su mujer.
Su caso no es
único. Miles de padres luchan en España por la custodia
compartida de sus hijos e incluso para que se penalice
su secuestro durante años en las casas de acogida sufragadas
por el Estado, vulnerando los autos judiciales.
Porque, si hace
años parecía justificado que tras la ruptura matrimonial
los hijos vivieran con la madre al disponer de más tiempo,
en 2006 en que el 52% de las mujeres trabajan es lógico
que por lo menos un porcentaje similar de hombres comparta
su cuidado.
No ocurre así.
Al tramitarse la Ley de Divorcio, el feminismo radical
presionó a Zapatero para impedir la custodia compartida.
«Quitarle a la madre el control de los menores supone
echarla de la casa, suprimir la pensión y arrojarlas
a la marginalidad», argumentaron. «No hacerlo es fomentar
el parasitismo de la mujer, condenarla a depender del
hombre o del Estado», arguyeron las dirigentes de Nuevo
Feminismo.
Por eso, transcurridos
17 años desde que el Código Penal entró en la familia,
las medidas se han manifestado inútiles. Lo reconoció
el Fiscal General del Estado: «La Violencia de Género
ha crecido en el último año en un 52%».
Y es que, una
norma que castiga en exceso, que lleva a cabo todos
los días una razzia de más de 400 hombres sin dejarles
otra salida que la miseria, e induce a muchos varones
a quitarse la vida para escapar de ella no es buena.
Miles de condenados, con la colaboración de sus mujeres,
la incumplen al negarse a acatar las órdenes de alejamiento.
Muchas mujeres se aprovechan de ella y denuncian malos
tratos para obtener un divorcio en 24 horas y centenares
de parejas la hacen inservible al negarse a declarar.
Por eso, a la
Ley contra la Violencia de Género habría que derogarla
sin dilación como se ha pedido en más de 100 autos al
Constitucional. Aunque sólo fuera para salvar el honor
de centenares de jueces, policías y fiscales que tratan
de aplicar una norma que divide a la sociedad, casi
por partes iguales, en buenos y malos.
El varón castrado, de José Díaz Herrera (Editorial
Planeta), sale a la venta el próximo 16 de noviembre.
20.000 AGRESORES JUZGADOS
EN UN Dos hombres, de 42 y 37 años, han detenidos esta
semana, en Basauri y Portugalete, acusados de agredir
a sus parejas; la Audiencia de Girona ha condenado a
11 años de cárcel al hombre que prendió fuego a su ex
mujer... En lo que va de 2006 ya han muerto 59 mujeres
y el balance final posiblemente superará las 62 víctimas
de 2005. La Ley Integral contra la Violencia de Género
no ha logrado frenar la sangría.
JUZGADOS. 436 juzgados de Violencia
sobre la mujer (17 de ellos dedicados en exclusiva a
las denuncias presentadas por ellas) echaron a andar
en junio de 2005. En un año, han atendido 148.448 asuntos:
un 20% de solicitudes de protección, un 45% lesiones,
un 13% contra la libertad, un 8% contra la integridad
moral...
PROTECCION. Un total de 35.540 mujeres
solicitaron protección (el 10% extranjeras), que fue
facilitada a 27.366. En un 97% de los casos se concedió
una orden de alejamiento, prohibición de comunicación
(87%), prohibición de volver al lugar de residencia
de la víctima (26%), suspensión de tenencia y uso de
armas (18%) y cárcel para el agresor (11%).
CONDENADOS. En poco más de un año,
20.000 agresores han sido enjuiciados. El 98% eran hombres.
Ocho de cada 10 fueron condenados. De las 436 mujeres
juzgadas, 266 (el 61%) fueron condenadas.
TELEASISTENCIA. El servicio, vía
móvil, fue puesto en marcha a finales de 2004 y permite
a las víctimas estar en contacto 24 horas al día con
el Centro de Atención. En caso de peligro vital, el
«botón del pánico» las conecta directamente con la Policía.
Hasta marzo de 2006 contaba con 3.141 usuarias en toda
España.
TERAPIA. Existen programas para la
rehabilitación de maltratadores en 33 de las 64 prisiones.
En junio pasado participaban en ellos 319 presos. En
esa misma fecha, unos 1.700 maltratadores condenados
a someterse a terapia, estaban aún pendientes de acudir
a los cursos de rehabilitación.
SUICIDIO. Según la Federación de
Mujeres progresistas, el 64% de las víctimas de la violencia
doméstica ha intentado suicidarse y un 80% lo ha pensado.
|