SANTOMERA (MURCIA).- Paquita
González tenía un plan, al menos, desde 48 horas antes
del brutal asesinato. Si su marido ratificaba el ultimátum
de abandonarla le haría daño a lo que más quería, a
sus hijos. Ayer fue detenida, después de confesar que
fue ella, y no un ladrón ecuatoriano como declaró en
un principio, quien en la madrugada del sábado acabó
con la vida de sus vástagos en su domicilio de Santomera.
La Guardia Civil atribuyó
el móvil del crimen a un arrebato pasional mayúsculo
aderezado con la ingesta masiva de cocaína y alcohol.
Pudo ser así, pero el despecho y el proyecto mortal
venían de antes.
Los problemas para la detenida, de 33 años, ingresada
desde anoche en la cárcel de mujeres de Sangonera, comenzaron
hace dos meses, cuando su marido, José Ruiz, se puso
a trabajar por su cuenta como camionero y a dejarle
caer la posibilidad de un posible divorcio.
Paquita estaba enamorada con locura, según los vecinos
del pueblo, y urdió un plan para atajar el futuro abandono
de su pareja.Tres semanas antes del crimen comenzó a
realizar visitas alternativas al retén de la Policía
Local y al cuartel de la Guardia Civil para denunciar
presuntos malos tratos de su marido.
Nunca presentaba señales de agresión y siempre se
negó a formalizar las denuncias por escrito. La última
comparecencia informal la realizó 48 horas antes del
crimen, poco después de que su marido le advirtiese
por enésima vez de que iba a marcharse. «Temo por mi
vida, mi marido está en casa y no quiero volver sola»,
aseguró en el cuartel del Instituto Armado. Dos agentes
la acompañaron como medida de precaución, pero la casa
estaba vacía.
El pasado viernes José Ruiz emprendió camino con
su camión cargado de embalajes hacia Francia. Durante
el viaje hubo una llamada entre el matrimonio, la bronca
fue de órdago y las amenazas de divorcio fehacientes.
Ruiz no sabía que el objeto que tenía su mujer en la
mano para hablar con él el cable del cargador del móvil
sería empleado para acabar con la vida de sus dos pequeños,
Francisco Miguel, de 6 años, y Adrián de 4.
Muerte casi instantánea
Tras hablar con su marido, Paquita quien sabe si
intentó aliviar el disguto en alcohol y disiparlo con
unas rayas de cocaína, o sólo se drogó para reunir el
valor suficiente. El cóctel no hizo sino acrecentar
su ira. A las 2.00 horas del sábado cogió el cable del
cargador del teléfono y lo ató al gaznate del pequeño
de los hijos. La muerte fue casi instantánea. Su hermano
pudo oír algo, pero la madre no le dio tiempo a reaccionar
y acordonó el cable a su cuello. Hubo lucha, según todos
los indicios. El niño se resistió a correr la suerte
de su hermano, pero su progenitora se ensañó con él.
Todavía quedaba un hijo, pero éste es demasiado fuerte.
José Carlos, de 14 años, es un niño muy maduro mental
y físicamente.Dormía en una habitación contigua y su
madre decidió introducirlo en la coartada. Primero revolvió
un cajón de la mesilla para inventar el supuesto robo;
después salió al exterior de la casa, vestida de calle
y lanzó una piedra contra el cristal, con el fin de
abrir un boquete por donde pudiera pasar el falso ladrón.Finalmente,
despertó al hermano mayor, le dijo que había oído ruidos,
que bajara para ver si estaban robando. El superviviente,
acostumbrado a ejercer la custodia de sus dos hermanos,
obedeció, ignorante de que a pocos metros yacían sus
cuerpos.
El joven fue quien los descubrió al día siguiente.
Alertó a la madre, que simuló estar afectada por los
efectos de un aerosol paralizante que meses antes le
había regalado su marido y con el que la habían rociado
cuando entraron a robar. El muchacho llamó a unos tíos,
quienes a su vez alertaron a la teléfono de emergencias
112.
Calma sorprendente
A las 7.20 llegó la Guardia Civil y Paquita les explicó
con todo lujo de detalles que un inmigrante ecuatoriano
se había introducido en la casa, había ahorcado a sus
hijos y la había paralizado con un gas. Nadie la creyó,
ni siquiera su hijo, quien la rechazó durante el sepelio.
Aunque simulaba estar aún cegada, conservaba una calma
sorprendente.
La mujer no sabía que cuando, a las 8.00 horas, la
Guardia Civil la trasladaba al cuartel, los agentes
ya sabían que ella era la asesina.
A pesar de que Paquita González no se derrumbó hasta
que no la condujeron, casi 24 horas después, a la Comandancia
de Murcia, los agentes que la interrogaron por primera
vez destrozaron con facilidad sus coartadas. Declaró
que el ladrón llevaba guantes, pero no supo responder
cómo le hizo el ostensible arañazo que llevaba en la
cara, que se lo había hecho su hijo mediano al intentar
defenderse. El forense acabó con la segunda pista falsa.Los
ojos de Paquita no estaban inflamados, ni tenían resto
alguno de gas irritante. Las declaraciones de su hijo,
su hermana y su cuñado tampoco la ayudaron: ninguno
la creía.
Minutos antes del entierro, a las 18.30 del domingo,
la Guardia Civil tenía suficientes pruebas como para
desarmar la versión de Paquita. Ella era consciente,
pero estaba entera. Decidieron no acusarla oficialmente
hasta que no acabara el sepelio para evitar un linchamiento
público. «Había mucha tensión en el pueblo, la podían
haber matado allí mismo», explican fuentes de la investigación.
Luego, en medio del desconcierto general, la Guardia
Civil se la llevó al cuartel de Santomera, y una hora
después, a la Comandancia de Murcia, donde pocas horas
después confesó en presencia de un letrado de oficio.
Semanas antes del crimen acusó varias veces a José
Ruiz de malos tratos, pero nunca formalizó una denuncia
La Guardia Civil esperó a que terminara el entierro
para detenerla y evitar un linchamiento