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AÑO XIV. NUMERO 4.434.
Martes, 22 de enero de 2002

Confiesa que estranguló a sus hijos porque su marido le pidió el divorcio
La parricida de Santomera llevaba varios días planeando el crimen

FRANCISCO PASCUAL. Enviado especial
SANTOMERA (MURCIA).- Paquita González tenía un plan, al menos, desde 48 horas antes del brutal asesinato. Si su marido ratificaba el ultimátum de abandonarla le haría daño a lo que más quería, a sus hijos. Ayer fue detenida, después de confesar que fue ella, y no un ladrón ecuatoriano como declaró en un principio, quien en la madrugada del sábado acabó con la vida de sus vástagos en su domicilio de Santomera.

La Guardia Civil atribuyó el móvil del crimen a un arrebato pasional mayúsculo aderezado con la ingesta masiva de cocaína y alcohol. Pudo ser así, pero el despecho y el proyecto mortal venían de antes.

Los problemas para la detenida, de 33 años, ingresada desde anoche en la cárcel de mujeres de Sangonera, comenzaron hace dos meses, cuando su marido, José Ruiz, se puso a trabajar por su cuenta como camionero y a dejarle caer la posibilidad de un posible divorcio.

Paquita estaba enamorada con locura, según los vecinos del pueblo, y urdió un plan para atajar el futuro abandono de su pareja.Tres semanas antes del crimen comenzó a realizar visitas alternativas al retén de la Policía Local y al cuartel de la Guardia Civil para denunciar presuntos malos tratos de su marido.

Nunca presentaba señales de agresión y siempre se negó a formalizar las denuncias por escrito. La última comparecencia informal la realizó 48 horas antes del crimen, poco después de que su marido le advirtiese por enésima vez de que iba a marcharse. «Temo por mi vida, mi marido está en casa y no quiero volver sola», aseguró en el cuartel del Instituto Armado. Dos agentes la acompañaron como medida de precaución, pero la casa estaba vacía.

El pasado viernes José Ruiz emprendió camino con su camión cargado de embalajes hacia Francia. Durante el viaje hubo una llamada entre el matrimonio, la bronca fue de órdago y las amenazas de divorcio fehacientes. Ruiz no sabía que el objeto que tenía su mujer en la mano para hablar con él el cable del cargador del móvil sería empleado para acabar con la vida de sus dos pequeños, Francisco Miguel, de 6 años, y Adrián de 4.

Muerte casi instantánea

Tras hablar con su marido, Paquita quien sabe si intentó aliviar el disguto en alcohol y disiparlo con unas rayas de cocaína, o sólo se drogó para reunir el valor suficiente. El cóctel no hizo sino acrecentar su ira. A las 2.00 horas del sábado cogió el cable del cargador del teléfono y lo ató al gaznate del pequeño de los hijos. La muerte fue casi instantánea. Su hermano pudo oír algo, pero la madre no le dio tiempo a reaccionar y acordonó el cable a su cuello. Hubo lucha, según todos los indicios. El niño se resistió a correr la suerte de su hermano, pero su progenitora se ensañó con él.

Todavía quedaba un hijo, pero éste es demasiado fuerte. José Carlos, de 14 años, es un niño muy maduro mental y físicamente.Dormía en una habitación contigua y su madre decidió introducirlo en la coartada. Primero revolvió un cajón de la mesilla para inventar el supuesto robo; después salió al exterior de la casa, vestida de calle y lanzó una piedra contra el cristal, con el fin de abrir un boquete por donde pudiera pasar el falso ladrón.Finalmente, despertó al hermano mayor, le dijo que había oído ruidos, que bajara para ver si estaban robando. El superviviente, acostumbrado a ejercer la custodia de sus dos hermanos, obedeció, ignorante de que a pocos metros yacían sus cuerpos.

El joven fue quien los descubrió al día siguiente. Alertó a la madre, que simuló estar afectada por los efectos de un aerosol paralizante que meses antes le había regalado su marido y con el que la habían rociado cuando entraron a robar. El muchacho llamó a unos tíos, quienes a su vez alertaron a la teléfono de emergencias 112.

Calma sorprendente

A las 7.20 llegó la Guardia Civil y Paquita les explicó con todo lujo de detalles que un inmigrante ecuatoriano se había introducido en la casa, había ahorcado a sus hijos y la había paralizado con un gas. Nadie la creyó, ni siquiera su hijo, quien la rechazó durante el sepelio. Aunque simulaba estar aún cegada, conservaba una calma sorprendente.

La mujer no sabía que cuando, a las 8.00 horas, la Guardia Civil la trasladaba al cuartel, los agentes ya sabían que ella era la asesina.

A pesar de que Paquita González no se derrumbó hasta que no la condujeron, casi 24 horas después, a la Comandancia de Murcia, los agentes que la interrogaron por primera vez destrozaron con facilidad sus coartadas. Declaró que el ladrón llevaba guantes, pero no supo responder cómo le hizo el ostensible arañazo que llevaba en la cara, que se lo había hecho su hijo mediano al intentar defenderse. El forense acabó con la segunda pista falsa.Los ojos de Paquita no estaban inflamados, ni tenían resto alguno de gas irritante. Las declaraciones de su hijo, su hermana y su cuñado tampoco la ayudaron: ninguno la creía.

Minutos antes del entierro, a las 18.30 del domingo, la Guardia Civil tenía suficientes pruebas como para desarmar la versión de Paquita. Ella era consciente, pero estaba entera. Decidieron no acusarla oficialmente hasta que no acabara el sepelio para evitar un linchamiento público. «Había mucha tensión en el pueblo, la podían haber matado allí mismo», explican fuentes de la investigación.

Luego, en medio del desconcierto general, la Guardia Civil se la llevó al cuartel de Santomera, y una hora después, a la Comandancia de Murcia, donde pocas horas después confesó en presencia de un letrado de oficio.

Semanas antes del crimen acusó varias veces a José Ruiz de malos tratos, pero nunca formalizó una denuncia La Guardia Civil esperó a que terminara el entierro para detenerla y evitar un linchamiento


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