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Si queréis conocer el carácter de un hombre, dadle poder (Abraham Lincoln)
Domingo, 27 de enero de 2002
AÑO XIV. NUMERO 4.439.

Noticias actualizadas las 24 horas

PAQUI Y LAS OTRAS
Las otras son María Jesús, que arrojó a sus cuatro hijos por un acantilado y ahora vive libre en un piso. Y Nieves, en la cárcel por asfixiar a sus dos críos. A Paqui le bastaron 24 horas para decidir la muerte de Francisco y Adrián. Dicen algunos expertos que los parricidas buscan un extraño beneficio. ¿Qué perseguía la madre de Santomera?

ISABEL LONGHI-BRACAGLIA

Su mente desterró a la razón hace tiempo. Poseída por un sinfín de miedos, torturada por amenazas imaginadas y cegada por una delirante forma de entender el amor, Paquita González vivía completamente atormentada. Lo cierto es que antes de que arrebatara hasta el último aliento a sus dos hijos pequeños, el juicio de esta parricida confesa ya estaba enfermo. Y nadie lo sospechaba. Hasta que fue demasiado tarde.

En un pueblo como el que vio nacer a esta mujer hace 34 años las apariencias son importantes. La marcada devoción religiosa de sus habitantes se pasea en coche. Los rosarios adornan la mayoría de sus espejos retrovisores y las campanas de la iglesia, que preside Santomera, recuerdan cada día la cita obligada con la oración.

Aquí una buena mujer sigue siendo la que trabaja y ante todo se preocupa de cuidar su casa y a su familia sin dar pábulo al más mínimo comentario sobre su decencia. Y eso no es tan fácil en un lugar donde el único entretenimiento para ellas se reduce a hablar. Las cafeterías se llenan cada mañana y cada sobremesa de ejemplares amas de casa dispuestas a desgranar intimidades ajenas con todo lujo de detalles.

Pero ni la práctica demostrada en tales menesteres convirtió nunca a Paquita, la Paqui de los Kilvi para todo el pueblo, en blanco de sus comentarios. Hasta el sábado pasado. Claro está que el doble crimen que ha llevado a Santomera a las portadas de todos los periódicos la ha convertido en la protagonista absoluta de los corrillos matinales y vespertinos.

A cada minuto, a cada página, a cada informativo descubrían nuevos detalles de la personalidad de su ya famosa vecina. Sus últimas 24 horas de normalidad son la mejor prueba de su doble vida: la que escenificaba y la que sufría en casa, asfixiada por unos celos obsesivos. El pasado viernes 18, amanecía el peor de los días en la casa de los Ruiz González.

07h. De puertas para fuera, Paquita era una mujer de costumbres.La jornada comenzaba muy temprano, siempre con el tiempo justo para que sus pequeños, Francisco Miguel (1996-2002) y Adrián Leroy (1998-2002), llegaran puntuales, antes de que el colegio cerrara la puerta a las nueve. Se notaba, a decir de las vecinas, en el habitual desaliño de los dos chavales y en su frecuente retraso a la hora de entrar en el Virgen del Rosario.

Sólo tres días antes de ser asesinados, una vecina se encontró a los dos críos en la calle. «El director nos ha dicho que si volvíamos a llegar tarde a clase no nos dejaba entrar, así que nos hemos quedado fuera», revelaba la inocente voz del chico de seis años. La mujer desconcertada requería explicaciones al director y éste a su vez emprendía el camino a casa de la Paqui en busca de razones a una reincidente demora de sus hijos. Se la encontró en la cama, con una gripe que la mantuvo convaleciente toda la semana, hasta aquel viernes.

A las 7.00 abrió los ojos, pero el malestar la retuvo entre las sábanas. Su hijo mayor, José Carlos, de 14 años, se ocupó, como otras tantas veces, de sus hermanos pequeños y se marchó al instituto Poeta Julián Andúgar. De camino, pasó por el cercano cementerio de Santomera sin saber aún que volvería allí 48 horas después para enterrar a sus hermanos. A las 8.30 se sentaba en su pupitre de la clase de 3º de ESO. Media hora más tarde se cerraba la puerta del colegio de Francisco Miguel y Adrián Leroy con sólo el primero de ellos dentro.

10h. El más pequeño aún estaba en casa cuando a las 9.30 llamaba a su puerta Dolores Ruiz, la mujer a la que había contratado Paquita para limpiar durante esa semana. «El niño estaba llorando pero nadie abría. Tenía una llave y decidí entrar. Subí a su habitación y la encontré acostada, con el pequeño en la cama.Le temblaban las manos, estaba deprimida y atontada». Dolores se ofreció a prepararle el desayuno y quedó en regresar por la tarde.

Con Adrián Leroy acostado, la Paqui se quedó sola. De nuevo en aquella cama conyugal que sólo una vez por semana reunía al matrimonio.La soledad era la gran enemiga de esta mujer, casada con un camionero, José Ruiz, al que esperaba ansiosa en el dúplex que compraron hace año y medio.

José y Paqui se conocieron cuando ella tenía poco más de 18 años.Era ya una coqueta jovencita, a la que rondaba «un extranjero de cara y pelo coloraos que tenía mucho dinero», recuerda su madre, Fina Navarro. «Pero a ella no le gustaba. Desde el principio le gustó Pepe (José Ruiz)». Y dicen que cuando Paquita se proponía algo, no había nada que le impidiera conseguirlo.

Dos años después, la hija de Fina se quedó embarazada. Pese a las profundas creencias religiosas de su familia, optó por una boda civil. Nada que ver con la ceremonia que celebró por todo lo alto nueve años después, en 1996, para recibir la bendición divina. Al mismo tiempo que se casaba, el mayor de sus hijos tomaba la comunión y era bautizado el recién nacido Francisco Miguel. Tiempos felices.

Pero, ahora, ya hacía un año que Paquita no soportaba las ausencias de su marido e intentaba ocupar su ocio fuera, entre cafés, comidas y, su gran pasión, la compra de ropa, complementos y cara lencería.La recuerdan bien en la tienda Latoya: «Nunca miraba el precio, siempre me pedía lo más sexy, desde bragas a camisones. Remarcaba que era para gustar a su marido».

13h. «A 'la Paqui' no le gustaba quedarse en casa y siempre se arreglaba mucho para salir. Tenía un montón de ropa, bolsos y zapatos muy caros que nos enseñaba cuando venía al bar». Los comentarios se repiten entre quienes compartieron con la parricida muchos cafés. Nunca la vieron tragar una gota de alcohol, ni siquiera una cerveza.

Incluso aquella víspera fatídica, con la resaca de la gripe, no pudo resistirse a salir. Se vistió, recogió a Francisco Miguel en el colegio a las 13.00 y, junto con Adrián Leroy, se acercó a Casa Juan para comer en la barra. A pesar de sus conocidas dotes culinarias (fue cocinera), era una habitual por la mañana y al mediodía. Cuenta la dueña del local que «desde hacía 15 días se la veía, sin embargo, mucho más nerviosa, un poco agresiva.Además, cada vez que le sonaba el móvil salía fuera para que no la escucháramos».

Con poco apetito («la Paqui come muy poco, dejó de comer cuando de pequeña su hermano menor, Isaac, empezó a llamarla gorda», cuenta su madre) pidió dos raciones de arroz con pollo. El empeño de Adrián Leroy por ver los dibujos animados hizo que degustaran los manjares en la intimidad del hogar. Se iniciaba la trágica pesadilla.

17h. Los niños todavía tuvieron una oportunidad más de jugar al aire libre. Su hermano José Carlos les acompañó, como siempre, al parque. ¿Y mamá? Comenzaba a prepararse unas rayas de cocaína a la hora de la merienda. Una y otra y otra más... Así hasta esnifar nada menos que cinco gramos. Paquita, ¡la mujer que a ojos ajenos ni bebía y, mucho menos, consumía drogas!, regó el polvo blanco con varias copas de whisky. Con el cóctel en el cuerpo, se aferró al inseparable móvil. Habló primero con la asistenta. «Me llamó cuatro veces y me insistió en que tenía que ir a limpiar temprano a la mañana siguiente, que me iba a contar unas cosas importantes». El delirio arrancó. «Empezó a decirme cosas raras, me exigió que le dijera que me había equivocado de número y que lo dijese fuerte para que lo oyese su marido.Pero yo sabía que su marido no estaba».

José Ruiz andaba al volante de su camión por Francia, dándole vueltas también a su cabeza, entre mensaje y mensaje que recibía cada pocos minutos de su mujer. Ella misma se lo contaba mucho después a la Guardia Civil: «Estuvimos toda la tarde intercambiando mensajes obscenos e insultantes».

20h. No era la primera vez que las comunicaciones del matrimonio subían de tono. Las conclusiones sobran después de saber que él llegó a obligar a Paquita a pasar moneda falsa, a acudir a clubes de intercambio de parejas (para demostrarle, dice ella, su amor), a aguantar que tuviera una amante durante un año, a someterse a humillaciones y a la mano que se le iba, dice él, cuando perdía los nervios. Ocurría en los momentos en los que Paqui cuestionaba su fidelidad y su amor.

«Me reventaba. Aunque yo sé que me amaba ciegamente, con locura», reconoce José Ruiz. Tanto que hasta en cuatro ocasiones su mujer contrató los servicios de un taxista para espiar a su marido.Seguía su rastro en los locales de reunión de camioneros. Una vez le sugirió al conductor simular una relación sexual si veían a Pepe para darle celos. El martirio interior de la tarde del viernes detonó cuando hacia las 20.00 Paquita escuchaba por el auricular la amenaza de divorcio.

22h. Los muertos no hablan. Los pequeños no pueden ya contar lo que sintieron al ver a su madre aquella noche. El mayor, protegido por la familia y arropado por los psicólogos, tampoco. Los tres regresaron a casa hacia las 21.30. En apenas media hora, Paqui los mandó a dormir. Acabadas todas sus existencias de coca y whisky, la mujer intentó evadirse en sueños. A medianoche necesitó la ayuda de dos pastillas de Dormidor que le había quitado a su hermana María Luisa. Porque Paqui no es la primera de la familia en sufrir un desequilibrio mental. La mayor de los hijos de los González (43 años) padece un trastorno bipolar desde que la abandonó el marido y la otra hermana, Conchita (38 años), acumula varias bajas laborales por depresión.

Acurrucada en la cama, con un cuchillo escondido bajo el colchón, la homicida en ciernes se dejó arrastrar en los brazos de Morfeo.

02h. Siempre que Paquita no tenía cuerpo masculino al que abrazar, Francisco Miguel y Adrián ocupaban el lugar de su padre. Las huellas de lo que sucedió entonces se han borrado de la memoria de su madre, pero el informe forense sitúa en las 2.30 el estrangulamiento.

La murciana rodeó el cuello del hijo de cuatro años con el cable del cargador del móvil y estiró hasta asfixiarlo sin encontrar resistencia. Después, Francisco Miguel. El instinto hizo que se defendiera con fuerza, que arañara a su madre en el rostro y que ésta le dejara dos visibles marcas en el cuello.

Los ruidos despertaron al mayor hacia las 3.00, pero cerró los ojos convencido de que se trataba de una pelea entre los pequeños.Y lo era, pero contra la muerte.

06h. El teléfono sonaba con insistencia. Un mal presagio hacía pulsar a José las teclas de su móvil de forma compulsiva. Pero nadie descolgaba. Sí logró despertar a su mujer. A su lado descubrió los cadáveres de los dos niños, tendidos en el lecho matrimonial. «Paqui, has sido tú», concluía después de constatar que no había nadie en casa más que ella y José Carlos. Cogió una toalla, la humedeció y limpió los rostros.

La retorcida imaginación de esta mujer se dispuso a trabajar.Ideó una coartada falsa para escapar de la justicia. Revolvió la habitación, escondió sus joyas y rompió con la plancha un cristal para simular un robo. Inventó incluso la descripción de los ladrones, «con cara de ecuatorianos». Con todo bien meditado, despertó al único superviviente. «Los niños no se mueven», alertó al chaval después de poner a prueba la credibilidad de la versión del ladrón fantasma.

07h. José Carlos corrió cuanto pudo a la cercana casa de sus tíos. Una llamada al teléfono de emergencias ponía fin a 24 largas y dramáticas horas. Comenzaba a revelarse la verdadera personalidad de Paquita: fría y calculadora, capaz de aguantar 14 horas de interrogatorio sin pestañear, de no arrojar una sola lágrima durante el velatorio de sus hijos, de preocuparse de comprarle ropa de luto a su marido interesándose por las rebajas, de encargar las coronas de flores para el entierro...

Al amanecer el sábado, la única que despertaba en paz era Fina, la abuela. «Había soñado con mi marido que murió hace tres años y con el que hablo a menudo. Llevaba un ramo de flores en cada mano. Ahora sé que estaba esperando a mis nietos que se han convertido en ángeles del cielo».

Pie de foto titulada

RETRATO DE FAMILIA. Los González en los 70, mucho antes de que las hijas llenaran la cara de la madre de arrugas de tristeza. Paqui (a la izda., con cara redonda) es hoy una parricida confesa. Conchita (en el centro) acumula varias bajas por depresión y María Luisa (dcha.) sufre un trastorno bipolar desde que la abandonó su marido. Completa el cuadro el padre, ya fallecido, e Isaac, que ahora tiene 33 años y es camionero.

La justicia es lenta, ineficaz, arbitraria, incoherente, discriminatoria con los acusados,
abusiva, en el uso de la prisión preventiva y depositaria de un poder excesivo.
Demoscopia 1995. El País