Abolir la Familia. Objetivo rescatado del baúl de los olvidos socialistas.

El viejo objetivo de eliminar a la familia como algo "antisocial" ya data al menos de la época de Engels autor, junto con Marx, del manifiesto comunista. Descubrimos horrorizados algunos pasajes de  su obra titulada: " El origen de la familia, de la propiedad privada y el estado", y extraemos alguna referencia del manifiesto del partido comunista.

Estas ideas están avaladas por el propio Gregorio Peces Barba, al hablar  en El País sobre la otra forma disminución del valor de la familia, además del secuestro que los socialistas sufren en manos de las feministas que etiqueta de "muy radicales", y que nosotros preferimos etiquetar como "extremistas". Dice Gregorio Peces Barba en el País:

"... la gente intuye que es otra forma de disminuir el valor de la familia. ..... En este caso la opinión pública no nos sigue y somos rehenes de sectores minoritarios, feministas muy radicales y gente a la izquierda del PSOE". Peces Barba en el País.

Sabemos que es un ladrillo, pero resulta imprescindible para entender la doctrina que inspira la política social a la que nos someten.

"En política, nada ocurre por casualidad. Cada vez que un acontecimiento surge, se puede estar seguro que fue previsto para llevarse a cabo de esa manera". Expresidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt.

Son muchos que trata de argumentar la sinrazón de esta violencia de género institucional contra los hombres y sus hijos. El silencio de cierto tipo de delitos penales que sufren padres e hijos frente a la poco menos que utilización propagandística reiterada del asesinato que algunas mujeres sufren, junto con el resto de signos evidenciados por Informe censurado del CES, dibujan un preocupante escenario.

Llama la atención, en esta sinrazón política, cómo los hijos son víctimas de maltrato psicológico que no se persigue, cuando es la madre el que lo ejerce frente al encarcelamiento de hombres inocentes acusados de maltrato psicológico, como si la mayoría de jueces, fiscales o abogados supieran lo que es eso. También llama la atención cómo las mujeres pueden denunciar en falso impunemente y como se dan la custodia a madres de forma indiscriminada vulnerando derechos fundamentales recogidos en la Constitución como es el de motivar las sentencias, tal como revela el Informe de las Universidades de Santiago de Compostela, Vigo y Granada, llegando incluso a otorgar custodias a las madres en casos claros en los que se reconoce. por el psicólogo/ comisario político de turno,  que la madre maltrata a sus hijos.

En contra de lo que muchos queremos pensar y creer, nada de esto es ni extraño, ni algo aislado que sucede de vez en cuando.

Hemos encontrado una clara conexión de objetivos así como en la dialéctica marxista sobre la abolición de la familia de Engels y Marx, con la dialéctica fundamentalista de género española, y con la propia ley, mal llamada, contra la violencia de género.

El paralelismo es total si equiparamos el término maltratador empleado en los tiempos actuales con la opresión de los burgueses al que se refiere Engels. El maltratador no importa que lo sea, lo importante es que es hombre a perseguir, por lo que se le concede dicha condición con la sola denuncia de la mujer y, a efectos prácticos, continúa con posterioridad, aún cuando se le haya absuelto. Por lo menos le queda el estigma social de la sospecha y las consecuencias que la pena de banquillo le confiere.

Para esos intelectuales de hace ya dos siglos, la abolición de la familia y de la monogamia, "recuperando" la promiscuidad sexual a la que la mujer tiene derecho, y que según ellos es la condición natural de la mujer, dará lugar a su liberación y a la recuperación del poder del que un día "disfrutó".  En la época actual, la consideración de maltratador de cualquier hombre que sea denunciado así como la condena de inocentes, parecen ir dirigidas hacia esa recuperación de "libertad" y poder, en nombre de una igualdad que pisotean con la misma desvergüenza que suelen hacer los regímenes totalitarios.

Decía Engels que el rebaño y por lo tanto la socialización, son incompatibles con la familia, por eso hay que derogar la familia monogámica para recuperar la familia comunal, en la que las mujeres son dueñas de los hijos, y libres de la opresión monogamística del hombre que deriva de su "malsana" pretensión de ser algo más que copulador, nada menos que padre.

Todo parece un delirio, pero las palabras, escritas están. La familia parece ser un objetivo político a batir por oponerse al concepto de socialización que algunos pretenden imponer con engaños a los que residimos en este país. Por lo tanto hay que debilitar ese concepto de familia monogámica. Por encima de esa ficción, subyace la idea a la que parece obedecer toda la política actual española: la familia la compone la mujer y sus hijos. La mujer estará cuando quiera, sin valor alguno que limite su libertad, con quien quiera y con sus hijos si quiere, de los que podrán disponer libremente al menos mientras estén dentro de su cuerpo (libertad a disponer de su cuerpo). Todo esto será siempre en las mejores condiciones posibles (piso para ella y facturas para él) para reequilibrar la situación de poder.  La pregunta es: ¿Hay algún hecho político que contradiga esta hipótesis?.

Ahora recogemos algunas perlas de ese delirante ideólogo totalitario:

El estudio de la historia de la familia comienza en 1861, con el Derecho materno de Bachofen. El autor formula allí las siguientes tesis:

  1. primitivamente los seres humanos vivieron en promiscuidad sexual (a la que Bachofen da, impropiamente, el nombre de “heterismo”);
  2. tales relaciones excluyen toda posibilidad de establecer con certeza la paternidad, por lo que la filiación sólo podía contarse por línea femenina, según el derecho materno; esto se dio entre todos los pueblos antiguos;
  3. a consecuencia de este hecho, las mujeres, en cuanto madres, como únicos progenitores conocidos de la generación joven, gozaban de un gran aprecio y respeto, que llegaba, según Bachofen, hasta el dominio femenino absoluto (ginecocracia);
  4. el paso a la monogamia, en la que la mujer pertenece a un solo hombre, encerraba la transgresión de una antiquísima ley religiosa (es decir, el derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer), transgresión que debía ser castigada o cuya tolerancia se resarcía con la posesión de la mujer por otros durante determinado período.    

Rehaciendo retrospectivamente la historia de la familia, Morgan llega, de acuerdo con la mayor parte de sus colegas, a la conclusión de que existió un estadio primitivo en que en el seno de la tribu imperaba la promiscuidad sexual, de modo que cada mujer pertenecía por igual a todos los hombres y cada hombre, a todas las mujeres. En el siglo pasado ya se había hablado de tal estadio primitivo, pero sólo de una manera general. Bachofen fue el primero —y éste es uno de sus mayores méritos— que lo tomó en serio y buscó sus huellas en las tradiciones históricas y religiosas. Sabemos hoy que las huellas por él descubiertas no conducen a ningún estadio social de promiscuidad sexual, sino a una forma muy posterior, concretamente al matrimonio por grupos. Aquel estadio social primitivo, admitiendo que haya existido, pertenece a una época tan remota que ni siquiera entre los fósiles sociales, entre los salvajes más atrasados, podemos esperar encontrar pruebas directas de su antigua existencia. Corresponde precisamente a Bachofen el mérito de haber llevado a primer plano el estudio de esta cuestión 9 .

En estos últimos tiempos se ha puesto de moda negar ese período inicial de la vida sexual humana. Se le quiere ahorrar a la humanidad esa “vergüenza”. Y para ello se apoyan no sólo en la falta de pruebas directas, sino sobre todo en el ejemplo del resto del reino animal. De éste ha sacado Letourneau (La evolución del matrimonio y la familia,1888) numerosos hechos, según los cuales la promiscuidad sexual completa es propia de las especies más inferiores. Pero de todos esos hechos yo no puedo deducir más conclusión que ésta: no prueban absolutamente nada respecto al hombre y a sus primitivas condiciones de existencia. El emparejamiento por largo plazo entre los vertebrados puede ser plenamente explicado por razones fisiológicas. Por ejemplo, en las aves se debe a la necesidad de asistir a la hembra mientras incuba los huevos, y los ejemplos de fiel monogamia que se dan no prueban nada respecto al hombre, puesto que éste no desciende precisamente del ave. Y si la estricta monogamia es la cumbre de la virtud, entonces la palma se la lleva la tenia solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo, y se pasa toda su existencia copulando consigo misma en cada uno de esos anillos reproductores. Si nos ceñimos a los mamíferos, entre ellos encontramos todas las formas de vida sexual: promiscuidad, unión por grupos, poligamia, monogamia; sólo falta la poliandria, que le tocó alcanzar a los seres humanos. Hasta nuestros parientes más próximos, los cuadrúmanos, presentan todas las variantes posibles de agrupamiento entre machos y hembras. Y si nos encerramos en límites más estrechos y sólo pensamos en las cuatro especies de monos antropomorfos, Letourneau sólo puede decirnos de ellos que a veces son monógamos y a veces polígamos, mientras que Saussure, según Giraud-Teulon, declara que son monógamos. También distan mucho de probar nada los recientes asertos de Westermarck ( Historia del matrimonio, 1891) acerca de la monogamia del mono antropomorfo. En resumen, los datos son de tal naturaleza, que el honrado Letourneau conviene en que “no hay en los mamíferos ninguna relación entre el grado de desarrollo intelectual y la forma de unión sexual”. Y Espinas dice con franqueza (Las sociedades animales, 1877): “El rebaño es el más elevado de los grupos sociales que hemos podido observar en los animales. Parece  compuesto de familias, pero ya en su origen la familia y el rebaño son antagónicos ; se desarrollan en razón inversa una y otro”.

Según acabamos de ver, no sabemos nada definitivo acerca de la familia y otras agrupaciones sociales de los monos antropomorfos. Los datos que poseemos se contradicen diametralmente, y no es de extrañar. ¡Qué contradictorias son y qué necesitadas están de ser examinadas y comprobadas críticamente incluso las noticias que poseemos respecto a las tribus humanas en estado salvaje! Pues bien, las sociedades de los monos son mucho más difíciles de observar que las de los hombres. Por tanto, hasta tener una información amplia debemos rechazar toda conclusión sacada de datos que no merecen ningún crédito. Por el contrario, el pasaje de Espinas que hemos citado nos proporciona un mejor punto de apoyo. En los animales superiores, el rebaño y la familia no se complementan, sino que son contradictorios. Espinas describe muy bien cómo la rivalidad entre machos durante el período de celo relaja o suprime momentáneamente los lazos sociales del rebaño:

Allí donde la familia está íntimamente unida no vemos formarse rebaños, salvo raras excepciones. Por el contrario, los rebaños se constituyen casi de un modo natural donde reinan la promiscuidad o la poligamia (…) Para que se cree el rebaño se precisa que los lazos familiares se hayan relajado y que el individuo haya recobrado su libertad. Por eso muy rara vez observamos entre las aves bandadas organizadas (…) En cambio, entre los mamíferos es donde encontramos sociedades más o menos organizadas precisamente porque en este caso el individuo no es absorbido por la familia (…) Así pues, en su origen el sentimiento colectivo de rebaño no puede tener mayor enemigo que el sentimiento colectivo de familia. No titubeemos en decirlo: si se ha desarrollado una sociedad superior a la familia, únicamente ha podido deberse a que absorbió familias profundamente alteradas, aunque ello no excluye que, precisamente por esta razón, dichas familias puedan más adelante reconstituirse bajo condiciones infinitamente más favorables”. (Espinas, citado por Giraud-Teulon en Los orígenes del matrimonio y la familia, pp. 518-20).

Así pues, a medida que iban en aumento, las riquezas daban al hombre una posición en la familia más importante que a la mujer y hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciese vigente la filiación según el derecho materno. Éste tenía que ser abolido, y lo fue, lo que no resultó tan difícil como hoy nos pueda parecer. Aquella revolución —una de las más profundas que la humanidad ha conocido— no tuvo necesidad de tocar ni a un solo miembro vivo de la gens. Todos los miembros de ésta pudieron seguir siendo lo que hasta entonces habían sido. Bastó decidir sencillamente que, en el futuro, los hijos pertenecerían a la gens de su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno. Nada sabemos respecto a cómo y cuándo se produjo esta revolución en los pueblos cultos, pues se remonta a los tiempos prehistóricos, pero los datos reunidos, sobre todo por Bachofen, acerca de los numerosos vestigios del derecho materno demuestran plenamente que esa revolución se produjo . La facilidad con que se verifica se ve en muchas tribus indias donde acaba de efectuarse o se está efectuando, en parte por influjo del incremento de las riquezas y el cambio de género de vida (migración desde los bosques a las praderas), y en parte por la influencia moral de la civilización y los misioneros. De ocho tribus del Misuri, en seis rigen la filiación y el orden de herencia masculinos, y en otras dos, los femeninos. Entre los shawnees, los miamíes y los delawares se ha introducido la costumbre de dar a los hijos un nombre perteneciente a la gens paterna, para así hacerlos pasar a ésta, con el fin de que puedan heredar de su padre. “Casuística innata en los hombres la de cambiar las cosas cambiando sus nombres y hallar salidas para romper con la tradición, sin salirse de ella, en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para ello” (Marx). Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual sólo podía remediarse, y en parte fue remediada, con el paso al patriarcado. “Esta parece ser la transición más natural” (Marx). Acerca de lo que los especialistas en derecho comparado pueden decirnos sobre el modo en que se operó esta transición en los pueblos civilizados del Mundo Antiguo —casi todo son hipótesis—, véase Kovalevski, Cuadro del origen y evolución de la familia y la propiedad, Estocolmo, 1890.

La abolición del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo . El hombre empuñó las riendas también en la casa y la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos y todavía más entre los de los tiempos clásicos 15 , ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos lugares, hasta revestida de formas más suaves, pero ni mucho menos ha sido abolida.

El primer efecto del poder exclusivo de los hombres, desde el punto y hora en que se fundó, lo observamos en la forma intermedia de la familia patriarcal, surgida en aquel momento. La principal característica de esta familia no es la poligamia, que luego abordaremos, sino la “organización de cierto número de individuos, libres y no libres, en una familia sometida al poder paterno del jefe de la misma. En la forma semítica, ese jefe de familia vive en plena poligamia, los esclavos tienen una mujer e hijos, y el objetivo de la organización entera es cuidar del ganado en un área determinada” (Morgan, La sociedad primitiva, /i>pp. 474). Los rasgos esenciales son la incorporación de los esclavos y la potestad paterna. Por eso la familia romana es el tipo perfecto de esta forma de familia. Originalmente, la palabra “familia” no significa el ideal —mezcla de sentimentalismos y disensiones domésticas— del filisteo de nuestra época; al principio ni siquiera se aplica a la pareja conyugal y sus hijos, sino tan sólo a los esclavos. Famulus quiere decir “esclavo doméstico”, y la familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre. En tiempos de Gayo, la familia se legaba por testamento (familia, id est patrimonium, “la familia, es decir, el patrimonio, la herencia”). Esta expresión la inventaron los romanos para designar un nuevo organismo social, cuyo jefe tenía bajo su poder a la mujer, los hijos y cierto número de esclavos, con la patria potestad romana y el derecho de vida y muerte sobre todos ellos. “La palabra no es, pues, más antigua que el férreo sistema de familia de las tribus latinas, que nació al introducirse la agricultura y la esclavitud legal y después de la separación entre los itálicos y los griegos” (Morgan, op. cit. , p. 478).

Y añade Marx: “La familia moderna contiene, en germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in iniature , todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado”.

Esta forma de familia señala el tránsito del matrimonio sindiásmico a la monogamia. Para asegurar su fidelidad y, por consiguiente, la paternidad de los hijos, la mujer es entregada sin reservas al poder del hombre; cuando éste la mata, no hace más que ejercer su derecho.

Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la historia escrita, donde la ciencia del derecho comparado nos puede prestar gran auxilio. Y en efecto, esta ciencia nos ha permitido hacer importantes progresos. A axim Kovalevski ( op. cit. , pp. 60-100) debemos la idea de que la comunidad familiar patriarcal —según existe todavía hoy entre los serbios y los búlgaros, con el nombre de zádruga (que puede traducirse poco más o menos como “confraternidad”) o bratstvo ((“hermandad”), y bajo una forma modificada en Oriente— ha constituido el estadio de transición entre la familia de derecho materno, fruto del matrimonio por grupos, y la moderna monogamia. Esto parece probado, al menos para los pueblos civilizados del Mundo Antiguo, los arios y los semitas.

Por tanto, de ninguna manera la monogamia aparece en la historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Al contrario, entra en escena bajo la forma de la esclavización de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria. En un viejo manuscrito inédito, redactado en 1846 por Marx y por mí , encuentro esta frase: “La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos”. Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la opresión del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo, juntamente con la esclavitud y las riquezas privadas, inaugura esa época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un retroceso relativo, en la cual el bienestar y el desarrollo de unos se alcanzan a expensas del dolor y la frustración de otros. La monogamia es la forma celular de la sociedad civilizada, y en ella ya podemos estudiar la naturaleza de las contradicciones y antagonismos que alcanzan su pleno desarrollo en esta sociedad.

La antigua libertad relativa en las relaciones sexuales no desapareció del todo con el triunfo del matrimonio sindiásmico, ni incluso con el de la monogamia. “El antiguo sistema conyugal, reducido a más estrechos límites por la gradual desaparición de los grupos punalúas, seguía siendo el medio en que se desenvolvía la familia, cuyo desarrollo frenó hasta los albores de la civilización (…); desapareció, por fin, en la nueva forma del heterismo, que persigue al género humano en la civilización como una negra sombra que se cierne sobre la familia”. Morgan entiende por heterismo las relaciones extraconyugales, coexistentes junto a la monogamia, de hombres con mujeres no casadas, intercambio carnal que, como es sabido, florece junto a las formas más diversas durante todo el período de la civilización y se transforma cada vez más en descarada prostitución. Este heterismo deriva en línea recta del matrimonio por grupos, de la entrega propiciatoria con la que las mujeres adquirieron el derecho a la castidad. La entrega por dinero fue al principio un acto religioso. Se practicaba en el templo de la diosa del amor y, primitivamente, el dinero ingresaba en las arcas del templo. Las hieródulas 31 de Anaitis en Armenia, las de Afrodita en Corinto, al igual que las bailarinas religiosas de los templos de la India (conocidas por el nombre de bayaderas, derivado del portugués bailadeira) , fueron las primeras prostitutas. El sacrificio de entregarse, en un principio obligación de todas las mujeres, fue más tarde ejercido solamente por estas sacerdotisas, en sustitución de todas las demás. En otros pueblos, el heterismo proviene de la libertad sexual concedida a las jóvenes antes del matrimonio. Así pues, es también un resto del matrimonio por grupos, pero que ha llegado hasta nosotros por otro camino. Con la diferenciación en la propiedad, es decir, ya en el estadio superior de la barbarie, junto al trabajo esclavo aparece esporádicamente el trabajo asalariado, y al mismo tiempo, como un correlativo necesario de éste, junto a la entrega forzada de las esclavas aparece la prostitución profesional de las mujeres libres. Así pues, la herencia que el matrimonio por grupos legó a la civilización es doble, como también es doble, ambiguo, equívoco, contradictorio, todo lo que la civilización produce: por un lado, la monogamia, y por el otro, el heterismo, incluyendo su forma extrema, la prostitución. El heterismo es una institución social como “El hijo concebido durante el matrimonio tiene por padre al marido”.

En nuestros días hay dos maneras de concertar un matrimonio burgués. En los países católicos, como antes, los padres proporcionan al joven burgués la mujer que le conviene, de lo cual resulta naturalmente el más amplio desarrollo de la contradicción que la monogamia encierra: exuberante heterismo masculino y exuberante adulterio femenino. Y si la Iglesia católica abolió el divorcio, es probable que fuese por haber reconocido que frente al adulterio, como frente a la muerte, no hay remedio que valga. Por el contrario, en los países protestantes la regla general es conceder al hijo del burgués más o menos libertad para buscar mujer dentro de su clase. Por ello el amor puede ser, hasta cierto punto, la base del matrimonio, y para guardar las apariencias se supone siempre que es así, lo que está muy en consonancia con la hipocresía protestante. Aquí, el marido no practica el heterismo tan enérgicamente y la infidelidad de la esposa es menos frecuente, pero como, sea cual sea el tipo de matrimonio, los seres humanos siguen siendo lo que eran antes y como los burgueses de los países protestantes son en su mayoría filisteos, esa monogamia protestante deviene, incluso tomando el término medio de los mejores casos, en un aburrimiento mortal sufrido en común que recibe el nombre de felicidad doméstica. El mejor espejo de estos dos tipos de matrimonio es la novela: la francesa, para el católico; la alemana, para el protestante. En ambos casos el hombre “consigue lo suyo”: en la novela alemana, el mozo logra a la joven; en la francesa, el marido obtiene su cornamenta. ¿Cuál de los dos sale peor parado? No siempre es posible decirlo. Por eso el aburrimiento de la novela alemana inspira a los burgueses franceses que la leen el mismo horror que la “inmoralidad” de la novela francesa inspira al filisteo alemán. Sin embargo, en estos últimos tiempos, desde que “Berlín se está haciendo una gran capital”, la novela alemana comienza a tratar algo menos tímidamente el heterismo y el adulterio, bien conocidos allí desde hace largo tiempo.

 Entonces se verá que la liberación de la mujer exige, como primera condición, la reincorporación de todo el/strong> sexo femenino a la producción social, lo que a su vez requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad.

Del manifiesto del partido comunista de 1848 (casi nada...) seguimos leyendo:

Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.

Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que adquieren, no trabajan. Vuestra objeción viene a reducirse, en fin de cuentas, a una verdad que no necesita de demostración, y es que, al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado.

Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción material, se hacen extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales. Y así como el destruir la propiedad de clases equivale, para el burgués, a destruir la producción, el destruir la cultura de clase es para él sinónimo de destruir la cultura en general.

Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en una máquina a la inmensa mayoría de la sociedad.

Al discutir con nosotros y criticar la abolición de la propiedad burguesa partiendo de vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc., no os dais cuenta de que esas mismas ideas son otros tantos productos del régimen burgués de propiedad y de producción, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido y encarnación en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.

Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea interesada de que vuestro régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y sobre los dictados de la razón. Os explicáis que haya perecido la propiedad antigua, os explicáis que pereciera la propiedad feudal; lo que no os podéis explicar es que perezca la propiedad burguesa, vuestra propiedad.

¡¡Abolición de la familia! Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más radicales gritan escándalo.

Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.

Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento, y que una y otra dejen de existir al dejar de existir el capital, que le sirve de base.

¿Nos reprocháis acaso que aspiremos a abolir la explotación de los hijos por sus padres? Sí, es cierto, a eso aspiramos.

Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la familia, suplantando la educación doméstica por la social.

¿Acaso vuestra propia educación no está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en que se desarrolla, por la intromisión más o menos directa en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.? No son precisamente los comunistas los que inventan esa intromisión de la sociedad en la educación; lo que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase dominante.

Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va desgarrando los lazos familiares de los proletarios y convirtiendo a los hijos en simples mercancías y meros instrumentos de trabajo.

¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las mujeres!

El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer.

No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.

Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo. No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad.

Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres.

En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas. A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer. Por lo demás, fácil es comprender que, al abolirse el régimen actual de producción, desaparecerá con él el sistema de comunidad de la mujer que engendra, y que se refugia en la prostitución, en la oficial y en la encubierta.

A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad.

Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.

Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales.br />
El triunfo del proletariado acabará de hacerlos desaparecer. La acción conjunta de los proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación. En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.

Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones entre sí.

No queremos entrar a analizar las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general.

No hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en una palabra.

La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual con la material. Las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase imperante .

Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello, no se hace más que dar expresión a un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua han germinado ya los elementos para la nueva, y a la par que se esfuman o derrumban las antiguas condiciones de vida, se derrumban y esfuman las ideas antiguas.

Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron vencidas y suplantadas por el cristianismo. En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas sucumbían ante el racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un último esfuerzo, con la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de libertad religiosa no hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el mundo ideológico.

Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque sufran alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por debajo de esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho.

AAdemás, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad. Pues bien, el comunismo -continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el desarrollo histórico anterior.

Hasta hoy, toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades, según las épocas.

Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado. Nada tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta que el antagonismo de clases que las informa no desaparezca radicalmente.

La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales.

Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia .

El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.

Para los más progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con carácter más o menos general, según los casos .

1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.br />
2.a Fuerte impuesto progresivo.

3.a Abolición del derecho de herencia.

4.a Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.

5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.

6.a Nacionalización de los transportes.

7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.

8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.

9.a Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.

10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.

TTan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.

Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

De la ley de vioencia de género, extraemos:

Exposicion de motivos, apartado III.

En cuanto a las medidas jurídicas asumidas para garantizar un tratamiento adecuado y eficaz de la situación jurídica, familiar y social de las víctimas de violencia sobre la mujer en las relaciones intrafamiliares, se han adoptado las siguientes: conforme a la tradición jurídica española, se ha optado por una fórmula de especialización dentro del orden penal, de los Jueces de Instrucción, creando los Juzgados de Violencia sobre la Mujer y excluyendo la posibilidad de creación de un orden jurisdiccional nuevo o la asunción de competencias penales por parte de los Jueces Civiles. Estos Juzgados conocerán de la instrucción, y, en su caso, del fallo de las causas penales en materia de violencia sobre la mujer, así como de aquellas causas civiles relacionadas, de forma que unas y otras en la primera instancia sean objeto de tratamiento procesal ante la misma sede. Con ello se asegura la mediación garantista del debido proceso penal en la intervención de los derechos fundamentales del presunto agresor, sin que con ello se reduzcan lo más mínimo las posibilidades legales que esta Ley dispone para la mayor, más inmediata y eficaz protección de la víctima, así como los recursos para evitar reiteraciones en la agresión o la escalada en la violencia.

Se contemplan normas que afectan a las funciones del Ministerio Fiscal, mediante la creación del Fiscal contra la Violencia sobre la Mujer, encargado de la supervisión y coordinación del Ministerio Fiscal en este aspecto, así como mediante la creación de una Sección equivalente en cada Fiscalía de los Tribunales Superiores de Justicia y de las Audiencias Provinciales a las que se adscribirán Fiscales con especialización en la materia. Los Fiscales intervendrán en los procedimientos penales por los hechos constitutivos de delitos o faltas cuya competencia esté atribuida a los Juzgados de Violencia de Género, además de intervenir en los procesos civiles de nulidad, separación o divorcio, o que versen sobre guarda y custodia de los hijos menores en los que se aleguen malos tratos al cónyuge o a los hijos.

Artículo 1. Objeto de la Ley.

1. La presente Ley tiene por objeto actuar contra la violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia.

¿Quién es el objeto de la ley?
En muchos puntos de la ley se lee:
...a quien sea o haya sido su esposa, o mujer que esté o haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad aun sin convivencia ....

Exposicion de motivos, apartado III dice
Una Ley para la prevención y erradicación de la violencia sobre la mujer ha de ser una Ley que recoja medidas procesales que permitan procedimientos ágiles y sumarios, como el establecido en la Ley 27/2003, de 31 de julio, pero, además, que compagine, en los ámbitos civil y penal, medidas de protección a las mujeres y a sus hijos e hijas, y medidas cautelares para ser ejecutadas con carácter de urgencia.

Los Fiscales intervendrán en los procedimientos penales por los hechos constitutivos de delitos o faltas cuya competencia esté atribuida a los Juzgados de Violencia de Género, además de intervenir en los procesos civiles de nulidad, separación o divorcio, o que versen sobre guarda y custodia de los hijos menores en los que se aleguen malos tratos al cónyuge o a los hijos.

Artículo 7. Formación inicial y permanente del profesorado.

Las Administraciones educativas adoptarán las medidas necesarias para que en los planes de formación inicial y permanente del profesorado se incluya una formación específica en materia de igualdad, con el fin de asegurar que adquieren los conocimientos y las técnicas necesarias que les habiliten para:

a) La educación en el respeto de los derechos y libertades fundamentales y de la igualdad entre hombres y mujeres y en el ejercicio de la tolerancia y de la libertad dentro de los principios democráticos de convivencia.

b) La educación en la prevención de conflictos y en la resolución pacífica de los mismos, en todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social.

c) La detección precoz de la violencia en el ámbito familiar, especialmente sobre la mujer y los hijos e hijas.

d) El fomento de actitudes encaminadas al ejercicio de iguales derechos y obligaciones por parte de mujeres y hombres, tanto en el ámbito público como privado, y la corresponsabilidad entre los mismos en el ámbito doméstico.

El Estado garantizará el pago de alimentos reconocidos e impagados a favor de los hijos e hijas menores de edad en convenio judicialmente aprobado o en resolución judicial, a través de una legislación específica que concretará el sistema de cobertura en dichos supuestos y que, en todo caso, tendrá en cuenta las circunstancias de las víctimas de violencia de género.

La justicia es lenta, ineficaz, arbitraria, incoherente, discriminatoria con los acusados,br /> abusiva, en el uso de la prisión preventiva y depositaria de un poder excesivo.
Demoscopia 1995. El País

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